El leon de la metro

leonNo sabremos nunca si el invento más fastuoso de la humanidad fue la rueda, la imprenta o el nuevo papel de arroz que desbarata al mundo. La imprenta pudo desasnar a muchos, internet a todos. El ingenio de Gutenberg fue recibido como la peste. Quedaron parados escribas, amanuenses, copistas y encuadernadores. Gutenberg, que acabó tieso a merced de la limosna de su prelado, vendía estampitas en la puerta de las iglesias; en realidad era un beato que intentó con sus tipos móviles ayudar al culto y estuvo a punto de destruir la religión, aunque como escribió después Voltaire no fueron los estampadores los que hicieron tiritar a Roma.

El Vaticano fue amenazado porque vendió indulgencias y porque insultaba a los hombres tratándoles como animales domésticos. El islam prohibió la imprenta; el catolicismo no pudo impedir que se encendieran las luces, antes de la electricidad.

Se vivió entonces lo mismo que se vive ahora, el terror ante la innovación. El mundo en que vivían se vino abajo, y surgió el Renacimiento.

La nueva imprenta de ratón, con su librería, su cinematógrafo, sus periódicos y discos gratuitos, se está cargando la industria cultural. Los bucaneros descargan todo lo que se crea y nadie sabe qué hacer. Una calcografía universal entra a cuchillo en los anaqueles, hace grabaciones ilegales en los estudios, todo tan gratis como el canto del jilguero en el alba. Hollywood demanda a las webs mientras la Metro Goldwyn Mayer y otras productoras están al borde de la quiebra. La compañía llegó a un acuerdo con YouTube para que pudieran pasar 4.000 películas, pero no fue suficiente. Tal vez dentro de unas semanas nadie podrá impedir que desde un móvil vea Lo que el viento se llevó, que en otro tiempo cautivó a 250 millones de personas.

Aquel león que nos fascinaba apenas sentarnos en el cine fue diseñado por Howard Dietz con el logotipo de su equipo de fútbol en la universidad. El primero y los cuatro siguientes contaron la historia de América y del mundo. Fue Louis B. Mayer el que inventó la propaganda en las salas de cine, y la Metro fue el NO-DO fantástico del imperialismo americano, el que nos hacía aplaudir cuando mataban a coreanos o a apaches. Durante el macartismo J. Edgar Hoover persiguió a los rojos, especialmente a miembros de la antigua Brigada Abraham Lincoln, y puso a la Metro a atizar la hoguera.

Billy Wilder quitó importancia a la caza de brujas: «De los 10 de Hollywood sólo dos tenían talento». De ese cuento apócrifo me he enterado este fin de semana leyendo el magnífico libro Las listas negras de Hollywood, de Rey-nold Humphreys, que me ha regalado el gran editor Manuel Fernández Cuesta.

Pero ahora el vampiro que hace de la Red su lecho y cambia riñones por virgos, va a esquilar al león.

Articulo de Raul del Pozo/elmundo .es

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