La pobreza como espectaculo

Pobreza en MéxicoLo sucedido anteayer en un centro de convenciones de la Ciudad de México; el impúdico e indignante manejo de la miseria como espectáculo, la conversión del sufrimiento de millones de mexicanos en instrumento de destape, en pasarela política multimedia de Ernesto Cordero, flamante delfín del PAN y de Felipe Calderón, me obligan a mirar de nuevo hacia lo que sucede en nuestro país.

Escribo teniendo frente a mí la fotografía del titular de Sedesol, del nuevo showman, del nuevo rock star del calderonismo, caminando, del “tamaño de una tortilla” dice la misma nota del diario Reforma, ante una enorme pantalla donde se proyectan imágenes, también gigantescas y de ahí la comparación con la tortilla, de mexicanos en situación de pobreza alimentaria.

Lo hago después de leer, además, como el cronista describe la manera en que, frente a los ricos, los poderosos, los influyentes del país Ernesto Cordero fue adquiriendo paulatinamente, consciente de su propia importancia, mayor seguridad, mayor control del escenario.

Escribo imaginando cómo fue que su desempeño actoral puso tan de buen humor a su jefe, a su padrino, que éste, pese a lo que le aconsejan sus asesores, se decidió a utilizar los mismos recursos técnicos para su discurso.

Escribo con indignación y rabia. Nadie debería tener derecho a exhibir así impunemente la pobreza; a lucirla para su propio beneficio político de esa manera; a producir ese lamentable aséptico y monumental tour tecnológico-cinematográfico por la tragedia ajena.

Esas familias, esos niños, esas mujeres que fueron exhibidos, que fueron utilizados por Cordero como telón de fondo, como recurso melodramático, como apoyo para sus gráficas y sus paseos, tendrían que poder defenderse ante tan cínica y terrible explotación de su imagen.

¿Con qué cara nos viene este señor a hablar del incremento alarmante de las cifras de miseria extrema en este país, pavoneándose (con Steve Jobs presentando una nueva computadora lo compara el cronista de Reforma) en un escenario en el que, para su lucimiento, se han gastado millones de pesos del erario público?

¿Cuántas familias, de esas que en este sexenio ingresaron a la miseria y durante cuánto tiempo se alimentarían con lo gastado en ese espectáculo?

¿Cómo se atreven Cordero y Calderón a convocar de esta manera a una cruzada contra la pobreza?

¿Cómo pueden ser capaces de hacer de esta tragedia nacional un show?

¿Es que no tienen recato alguno?

¿Es que son a tal grado rehenes de su hacedores de imagen; de esos charlatanes de tiempo completo que medran impunemente con la hacienda pública?

¿Es que acaso no se dan cuenta que de asuntos tan graves y tan delicados debe hablarse con enorme seriedad y que la pobreza extrema no necesita, para ser presentada correctamente, de recursos escénicos y propagandísticos, sino de austeridad republicana, de compromisos reales y eficientes con aquellos que sufren ese terrible flagelo?

La miseria de millones de mexicanos es una atentado contra su dignidad, contra su propia naturaleza humana. Con eso no se juega, con eso no se lucra políticamente y menos cuando se es corresponsable de esa tragedia.

Porque por más que Felipe Calderón y Ernesto Cordero quieran escurrir el bulto. Por más que quieran hoy culpar de sus desaciertos en la conducción económica del país a factores externos, a la tan llevada y traída crisis mundial ante la cual no han sabido siquiera reaccionar, el hecho es que son ellos, junto con los priistas, ante los cuales hoy doblan la cerviz y a los cuales, en el marco de su estrategia de precomposición electoral, culpan de todo, quienes han provocado esta debacle.

“Tres largos años” faltan para que termine, “haiga sido como haiga sido”, Felipe Calderón su sexenio. Sólo ahora voltea a ver a los pobres. Apenas hace unas semanas los utilizó, presentando las nuevas estadísticas de la miseria, para promover la aprobación de su paquete económico.

Vuelve hoy, de nuevo, a la carga, explotando sus imágenes, exhibiendo la tragedia, sólo para enmarcar la presentación en sociedad de su candidato presidencial. De un hombre: Ernesto Cordero, que, a juzgar por el espectáculo del miércoles pasado, ha demostrado tener más ambición que sensibilidad, más tablas que prudencia, más hambre de poder que respeto a quienes tienen hambre de verdad.

Articulo de Epigmenio Ibarra/mileniodiario

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