El silencio

Advertencia: esta viñeta acompañaba a otro texto que no tuve ganas de terminar.

Hoy he ido a buscar a alguien a su trabajo, pero nada más asomar la nariz por la puerta me ha dicho que ya no es su trabajo. Había recibido el despido.  Había perdido su trabajo, otra vez, hacía apenas unos minutos pero ya me pareció que tenía la cara de parado.

Y otra vez la misma angustia y esas ganas salvajes de hacer algo, un lo que sea.

Pasaban unos minutos de las diez de la noche y decidimos volver paseando, la mayoría de las ventanas de las casas estaban iluminadas, como siempre, y la calle vacía,  también como siempre en un día laborable para el que lo sea.

Por naturaleza soy de reirme de todo, pero esta vez se me olvidó, mi cabreo era principalmente no poder encontrar  las palabras  para romper el mal rollo, esas que no tuvieran el tópico protocolario de salvamento, pero sobretodo me jodió  no poder ayudar ahora y ya, en lugar de prestarle esperanzas de segunda mano.

Su empresa no pierde dinero, porque la suya es una empresa mantenida con los impuestos de todos, donde la bolsa de trabajo, las oposiones y las colocaciones son un completo cachondeo, un chanchullo descarado.

Siempre con la maleta hecha y los trastos dando tumbos de provincia en provincia, obligado a no echar raíces en ningún sitio, a practicar el nomadismo laboral deshumanizado, la mudanza de hoy para mañana.

Por el camino las luces de las ventanas me recordaron el apagón de protesta contra la factura de la luz, manifestantes silenciosos, encerrados. Es jodido estar triste y enfadado a la vez,  porque no sabes si es mejor gritar, quejarte bajito o todo a la vez.

La gente que pierde su empleo, o no lo tiene, nos importa un carajo. Sí, que no se indigne nadie. ¿Acaso sabemos cuántos de nuestros vecinos, esos de la luz en la ventana, tienen o no trabajo?. Somos  silenciosos.

La guinda ruidosa al silencio la pone esa coletilla de que por el sur vivimos del paro, que la nuestra es la cultura de la subvención,  que nos alimentamos de cantar y contar chistes.

No me gustan las historias tristes, entiendo a los que huyen de ellas, pero las hay a miles, y el guión es siempre el mismo. Sólo cambian las caras.

Los internautas somos personas pero la calle no es internet, donde hacemos un papel para que los dramas caduquen enseguida, etiquetamos de pesados a los que levantan la voz más de dos veces por lo mismo, donde nos engañamos creyendo que los números son personas y que son una fuerza matemática invisible y demoledora que reescribe leyes y derriba injusticias.

Al menos que suene el ruido de las teclas  un rato.  Así ha acabado un mal día. Desilusión. Y me cago  en el silencio y en todos los que dirigen este país.

Y para las son/risas, vuelva otro día.

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