31ene/120
Contra la música en los restaurantes
Por: Mikel López Iturriaga | 31 de enero de 2012

Mujer con oreja en restaurante. / AINHOA GOMÀ
La revista británica Waitrose Kitchen plantea en su último número un debate apasionante: ¿se debería prohibir la música en los restaurantes? La publicación enfrenta dos artículos en los que la presidenta del London Restaurant Festival y el dueño de la cadena de restaurantes Boisdale defienden opiniones encontradas, una a favor de la eliminación, y el otro, en contra.
Fay Maschler argumenta que si no comemos en las salas de conciertos, no necesitamos la música en los restaurantes. "La mayor parte de lo que suena es tan agradable como los ambientadores que cuelgan en los taxis", escribe. Ranald Macdonald, por su parte, cuenta cómo pasó horas montando recopilaciones de jazz clásico, blues y soul para que sonaran en su primer local, y asegura que si la música es omnipresente en bares y restaurantes es porque a la mayoría de la gente le gusta. "Quítala y acabarás con la ocasión de pasar un buen rato".
Como no puede ser de otra forma, entiendo y respeto la posición de las personas a las que les gusta oír música mientras comen. Incluso estoy dispuesto a admitir que los sonidos de los que habla Macdonald, a un volumen suave, pueden ayudar a crear cierto ambiente siempre que estén bien elegidos y estén en consonancia con el espíritu del local.
El problema es que la realidad es otra: al menos en España, los restaurantes y los bares de tapas con música no la suelen seleccionar en absoluto. Lo que suena puede ser un CD que ha traído el cocinero, el iPod del camarero en modo aleatorio, o directamente cualquier radiofórmula infecta. Y siempre a buen volumen, claro. Es decir, que la comida te la puede amargar el último disco de Bisbal, los peores éxitos de los ochenta o, en el caso más grave, las obras completas de David Guetta, independientemente del tipo de local en el que estés.
Con la música pasa un poco como con el aire acondicionado, que el personal de servicio se vuelve insensible a ella. Si estás mucho tiempo con un runrún de fondo, llega un momento en el que no lo oyes o lo oyes bajo. Entonces, o no te molesta o, si la música en cuestión te gusta, tiendes a subirla, sin caer en que puedes estar obligando a vociferar a tu clientela. Súmese al efecto anestesia la tendencia a hablar a voces que nos gastamos en España y la pésima sonoridad de muchos locales, y ya tenemos una torturante bulla montada.
¿Qué pasa cuando te quejas de lo alta que está la música en un lugar al que vas a comer? El camarero suele reaccionar o bien con sorpresa, o bien con cara de disgusto reprimido, en la que se puede leer la frase "ya está el pesado de turno dando la caca". En cualquiera de los dos casos, lo normal es que te digan que sí, que ahora la bajan. Y en un 99,9% de las ocasiones, la música continúa estando a la misma potencia hasta que te vas. Juraría que más de un establecimiento utiliza los altavoces como elementos disuasorios para que los clientes no se apalanquen demasiado en las mesas, y aumentar así la rotación.
La moda del chunda chunda restaurantil, que quiero creer en cierta decadencia, es relativamente reciente por estos lares. Hunde sus raíces en un invento atribuible a Satán (el hilo musical), tomó fuerza en los ochenta y, en ciertos círculos, alcanzó el clímax en los noventa, en plena efervescencia de la música electrónica. Entonces apareció el horror de los horrores: el disc-jockey de restaurante. Esta figura, por fortuna en declive, torturaba a los clientes con abrasadoras sesiones de chill-out ibicenco o de techno de este que parece la misma canción todo el tiempo. Rectifico: torturaba a algunos clientes, porque otros parecían encantados sintiéndose de lo más cool, cuando no eran más que palurdos apuntándose a una moda ridícula.
Creo que el boom de la música en los restaurantes fue un caso claro de modernidad mal entendida, emparentada con la entronización de "lo juvenil" que padecemos. Llegado un momento, decidimos que mola meter un poco de marchuqui en los comedores. Que comer sin ruido, disfrutando de la conversación, era propio de anticuados vejestorios. También pienso que el mal de la música sin ton ni son no sólo afecta a los restaurantes, sino a gran parte de los espacios públicos: tiendas, hoteles, estaciones, transportes, oficinas... parece que la paz signifique aburrimiento, y que necesitemos el ruido para aturdirnos y no pensar demasiado.
De esta forma, el silencio se ha convertido en el mayor de los lujos, sólo al alcance de los monjes o de los terratenientes con hectáreas de terreno disponibles para marcar distancias con el jaleo permanente. Mi esperanza radica en que existen otras personas sensibles a este problema: en el Reino Unido hay webs como Pipedown o Quiet Corners (Rincones Silenciosos), en las que se combate el llamado 'muzak' y se recomiendan lugares libres de la plaga del hilo musical.
Digo todo esto siendo un gran fan de la música, y habiendo dedicado buena parte de mi vida profesional al periodismo relacionado con ella. Me encanta oír canciones cuando cocino, cuando trabajo -con auriculares para no molestar al prójimo-, cuando estoy tirado en el sofá, cuando bebo, cuando bailo... pero no cuando como. En ese contexto, necesito tranquilidad, no agitación. Y la música alta me parece superflua, una molestia que lo único que consigue es alterar la digestión y emborronar la comunicación.
¿Te gusta la música en los restaurantes? ¿O te molesta? Cuéntalo en los comentarios.
31ene/120
Salud y religión
31ene/120
Mimitos
La película sobre la Dama de Hierro ha reverdecido el viejo debate sobre las diferencias entre hombres y mujeres. "Mira la Thatcher, actuó como un tío", he oído decir cien veces, con razón. Aparte de que no todas las mujeres son iguales (los hombres tampoco), esto es algo que está estudiado: por lo visto, hasta que una minoría no alcanza una presencia como de un 5% en el terreno que sea, lo que hará será mimetizarse con la mayoría. Por eso Thatcher, que estaba sola, fue más hombrecito que nadie.
Pero lo fascinante es preguntarse cómo somos de verdad unas y otros más allá de los tópicos. Y así, todavía estoy paladeando los resultados de ese sorprendente estudio sobre el sexo que se publicó hace unas semanas, realizado por el instituto Kinsey de Estados Unidos, sobre 1.000 parejas de más de 40 años (entre ellas 200 españolas). Sostenía que, en el encuentro sexual, los hombres valoran más las caricias, mientras que las mujeres buscan sexo sin más. Siempre se ha dicho que las mujeres damos sexo para lograr amor y que los hombres dan amor para conseguir sexo, pero este estudio delicioso nos permite mirar las cosas de otro modo. Puesto que, por lo general, nosotras somos mucho más sobonas y besuconas, resulta razonable pensar que, cuando nos ponemos a hacer el amor, queremos estar a lo que estamos. En cuanto a los varones, es cierto que algunos tienen problemas para demostrar sus afectos, para tocarse y acariciarse. ¿No sería entonces el sexo el único modo de conseguir esos achuchones tan necesarios? Y la presunta obsesión de los varones con el sexo, ¿no ocultaría esta carencia mimosa elemental, al ser la cama el único lugar en donde pondrían el cuerpo? Solo estoy jugando a imaginar, porque es maravilloso intentar pensar desde otra perspectiva un paisaje que creemos sabido y trillado.
Rosa Montero/elpais.es
31ene/120
¿Aversión al conflicto? Más bien, pasividad…
Jorge Castañeda, en su más reciente libro, consigna un rasgo cultural de los mexicanos, la “aversión al conflicto”. Es algo que, por lo visto, determinaría buena parte de nuestras conductas privadas y sociales. Pero no estamos hablando solamente de una característica analizable desde el punto de vista sociológico sino, creo yo, de algo más: de una estructura de la personalidad determinada, irremediablemente, por factores psicológicos.
Esa tal aversión entraña, a mi entender, un importantísimo componente de pasividad: el hecho de evitar de manera invariable un enfrentamiento implica no sólo cuidar las formas y evitar la intrusión de males mayores sino que nos exime, como individuos, de la más inmediata de las responsabilidades, a saber, la de resolver un problema cuando toca o, dicho coloquialmente, la de “tomar el toro por los cuernos”.
La susodicha pasividad es también una característica absolutamente inseparable de la idiosincrasia nacional, algo que se manifiesta de forma casi universal en temas tan dispares como la administración de la cosa pública, la promulgación de leyes en el Congreso, la toma de decisiones estratégicas o la instauración de cambios y reformas.
En el ámbito individual, la pasividad es lo que se interpone entre los sueños acariciados y los logros alcanzados. Y es de ahí, supongo también, de donde se deriva esa peculiaridad nuestra que muchas personas suelen ejemplificar con la escena de los cangrejos: en cuanto uno intenta salir del perol donde van a ser cocinados, los otros se encargan de que no lo consiga.
Es así, de las misma manera, como se deslegitima el éxito, como los logros ajenos no se reconocen, como se denigra al triunfador y como se desvirtúan todas aquellas manifestaciones de progreso y crecimiento. Una sociedad de individuos pasivos es también una sociedad de envidiosos y de personas destructivas: es inaceptable que lo que no consigo hacer yo lo pueda hacer otra persona. Ahí estamos. Y ahí seguimos…
Román Revueltas Retes/mileniodiario
31ene/120
Estornudando
El historiador Jesús Hernández Jaimes me envía una pequeña joya archival, encontrada por él en El Registro Oficial. Periódico del Departamento de Durango, tomo 2, núm. 190, 7 de diciembre de 1843, pág. 4.
Es un texto sobre el estornudo que se lee como sigue:
Dice Aristóteles que cuando una persona estornudaba en compañía de varias personas, éstas le saludaban para manifestarle que se veneraba su cerebro como depositario de los sentidos y del talento.
El jesuita Strada, cree que para hallar el origen de estos saludos se debe retroceder a los tiempos de Prometeo, que habiendo conseguido encerrar en una cajita un rayo de sol para animar su estatua, se la aplicó a las narices, como quien toma un polvo de tabaco, lo que le hizo estornudar al momento.
Los rabinos sostienen que a Adán se debe el primer estornudo. Ciertamente se necesita no poca agudeza para haber rastreado, que el primer hombre fue también el primero que estornudó. Antiguamente el estornudo era de mal agüero y presagio de muerte, pero parece que Jacob, no queriendo morirse por semejante bagatela, pidió a Dios que cambiase este orden de cosas, y que cada prójimo pudiese estornudar cuantas veces tuviese a bien sin miedo de salir instantáneamente de este pícaro mundo. Dios le otorgó su petición y de allí nos ha venido el uso de felicitar a algunos cuando estornuda, sin contratiempo.
Una causa más cierta de este acto de cortesanía nos dieron los italianos: en el pontificado de Gregorio el Grande apareció en toda Italia una peste que se manifestaba por estornudos, de los cuales se veían atacados furiosamente los epidémicos; se hicieron rogativas públicas y desde entonces sigue la opinión popular de que la costumbre de saludarse, trae su origen de una enfermedad epidémica que hacía morir súbitamente a todos aquellos que tenían dañada la membrana pituitaria.
El estornudo se tomaba por un signo ya próspero, ya adverso. Próspero era aquel que acontecía desde las doce del día a media noche; y cuando la luna estaba en las constelaciones de Tauro, Leo, Libra, Capricornio y Piscis; pero si sucedía desde las doce de la noche en adelante, o se encontraba la luna en los signos de Virgo, Cáncer y Escorpión, la muerte era inevitable.
Cuando el rey de Sumar estornudaba, los cortesanos le volvían la espalda dándose una palmada en la nalga derecha. Griegos y romanos tenían por buen agüero oír un estornudo por el lado derecho. Los primeros, queriendo manifestar a alguna joven cuan hermosa era, le decían que en su nacimiento habían estornudado los amores.
Héctor Aguilar Camín/mileniodiario


















