Al otro lado del cuadro

En «La Leyenda de la Ciudad Sin Nombre», el personaje cinematográfico interpretado por un escéptico y errante Lee Marvin decía que las mujeres inventadas eran las mejores, pero que él aquella noche necesitaba una de las de verdad. Discutí sobre eso algunas veces con una buena amiga y no me importó decirle que la imaginación es tan formidable, tan exquisita, y puede ser tan realista al diseñar una señora, que incluso podría ocurrir que esa mujer imaginaria te cueste dinero. Por  si quedaba alguna duda, a mi amiga le confesé también mi convencimiento de que la duración  de muchas parejas no se debe a la resistencia del amor que supuestamente las une, sino a la imaginación con la que uno de ellos, o ambos, transforman  en la cama la cruda realidad en un cuadro hecho a la medida. No se trata de que mientras estás con una mujer pienses en otra, sino en reelaborar la realidad de tu pareja para acomodarla a tus expecta

tivas. Incluso cabe la posibilidad de que ella preste su colaboración y que entre los dos surja una realidad nueva superpuesta al modelo previo, como juntar dos ingredientes para hacer una comida que no sepa a ninguno de ellos. Es como si al recorrer una exposición se pregunta uno qué diablos habrá en el reverso de aquel cuadro tan poco expresivo. Además de ser ese a menudo el origen del Arte, en la deformación interesada de la realidad consiste también con frecuencia la esencia misma del amor. Algunos artistas muy  fantasiosos toman como modelo una mujer desnuda para retratar luego en el lienzo a un señor muy abrigado que bien podría ser su marido. Seguro que alguien ha demostrado ya que la realidad es a veces una apasionante malformación de la fantasía. Yo no tengo pruebas de ello, pero cada vez que miro a una mujer decente y trato de pervertirla con la imaginación, por si acaso procuro llevar siempre algo de dinero en el bolsillo.

Josè Luis Alvite/larazon.es

Portrait of Henri Matisse – Olga Meerson

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