Arturo Pérez-Reverte: «Los españoles somos especialistas en suicidarnos históricamente»

Aborda el amor y el sexo turbio en su nueva novela, «El tango de la Guardia Vieja»

«El tango de la guardia vieja»
Arturo Pérez-Reverte

ARrturo Pérez-Reverte

ARrturo Pérez-Reverte – Foto: Gonzalo Pérez

Pérez-Reverte escribe para no envejecer. Para él, cada novela es una partida, otra batalla contra el tiempo, una manera de perpetuarse joven y  demorar la  regla más elemental de la vida. «Otros prefieren viajar, las aventuras», comenta. El autor, académico de la RAE, regresa con una historia que ha reposado en su cabeza durante veinte años. Reconoce    que le faltaba  experiencia, que es el nombre que él usa para las canas y las arrugas que van desbrozando el retrato de juventud. También llama a eso mirada. El resultado es «El tango de la Guardia Vieja». Una historia entre un bailarín y una dama de la alta sociedad a través de tres encuentros y varias décadas. Una narración donde las conversaciones, los encuentros y el sexo sustituyen a las espadas, coletos y vizcaínas de su Diego Alatriste.   «Es la confrontación entre dos mundos. Aborda el fracaso, el resentimiento social. Si la tuviera que resumir, la definiría como la elegancia del fracaso».

–En el tango, hoy mandarían las mujeres.  

–La mujer siempre ha mandado en el tango, pero los hombres no nos hemos dado cuenta. La mujer es el elemento principal del mundo en el que vivimos. Ha pasado muchos siglos siendo el botín del vencedor, pariendo hijos… en ese tiempo de esclavitud han desarrollado la inteligencia y la observación. Al hombre se le ha ido la fuerza en la guerra, el fútbol y la caza; a la mujer en mirar. Eso ha creado en ella una inteligencia especial, una intuición genética que la hace superior.

–Y está relevando al hombre.

–El protagonista del siglo XXI es la mujer. El hombre lleva 3.000 años de memoria histórica, literaria y artística. La mujer comienza ahora a ser protagonista individual de los acontecimientos. Y eso creará un montón de posibilidades que no se han dado hasta ahora, tanto sociales como políticas y económicas. El personaje que va a dar momentos de gloria en el futuro será la mujer. El hombre ya no es interesante.
–Y le han tildado de machista…

–Si alguien dice que soy machista,  que lea «La reina del sur» o esta novela. Tengo 60 años y soy lúcido. La única cosa que me pone fuera de sí es la estupidez. Cuando el feminismo radical cae en la estupidez, me río. Eso lo interpretan como machismo. El mundo es injustamente masculino y esa estupidez perjudica más que beneficia a la causa. La peor carcoma del mundo no es el mal, es la estupidez.

–¿Le costó describir las escenas de sexo?

–Una escena de sexo es un campo de minas en una novela. Porque el lector es muy amplio. Hay que tener cuidado y contarlo con elegancia para no caer en la vulgaridad con el sexo turbio, complejo y con complicaciones como el que aparece aquí. Ha sido un desafío.

 –La vejez, otro protagonista aquí.

–Con la edad pierdes certezas.  La vida te las quita. Cuando eres joven tienes más.  A mí me quedan pocas. El resto son incertidumbres. Los años van despojándote de causas,  banderas, principios, y te deja una forma de mirar el mundo. El botín de una existencia es esa mirada. A cambio de certezas, he obtenido serenidad.

–Sus personajes tienen un sentido de derrota incluso en la victoria. 

–La vida es una derrota continua. Es un campo de batalla, lo que pasa es que la gente no se da cuenta. Cada victoria es una derrota porque lo que te mantiene joven es la víspera de la batalla. La juventud está antes de la batalla, cuando afilas las armas, fumas los cigarrillos y piensas qué pasara mañana. Eso lo he vivido figurada y realmente. Después de la batalla ya no eres joven. Has perdido esa curiosidad, esa incertidumbre que te hacía sentirte vivo. Entonces puedes recrearte en la victoria o la derrota, y te haces viejo;  o dices cuál es el siguiente combate para vivir de nuevo esa noche de espera. Lo bueno de escribir novelas es que cada una es una batalla. Cuando deje de escribirlas envejeceré.

–El individuo traicionado por el gobernante es común en su obra. 

–Vivir es estar sometido a constante traición. No sólo por los gobernantes y los políticos. La vida misma te traiciona. Y los seres humanos, no te digo, y más en una situación como la de ahora, en que esta Europa que era referente moral de Occidente es una parodia en manos de payasos analfabetos en Bruselas. El mundo es una continua traición y el único analgésico es la cultura.

–Ya no está esa Europa de antes.

–Era una Europa injusta y clasista, pero tenía formas. Se ha perdido lo bueno y lo malo. Ésta es la Europa de los berlusconis.

–¿Qué ha pasado? 

–Es un cuestión de cultura. Estamos dejando de ser cultos, de usar la historia como maestra. Ignoramos que todo ha ocurrido ya, que las respuestas están en Suetonio, Jenofonte, Sócrates… No sabemos dónde consolarnos o buscar vías de escape porque las hemos borrado de nosotros mismos, de los planes de estudio, de nuestros hijos. Lo único que consuela en momentos de desgracia es un libro como símbolo al privarnos de eso, nos hemos convertido en huérfanos indefensos. Nos faltan los mecanismos culturales que antes nos consolaban.

–Ahora mandan las finanzas. 

–Europa siempre estuvo en manos de los ricos, pero antes los ricos generaban cultura. Un rico, aunque fuera analfabeto, se creía en la obligación social de parecer culto. Fundaba bibliotecas, hacía a sus hijos cultos. Hoy el rico no siente esa necesidad porque todo vale, y alardea de su vulgaridad y su incultura. Y es ejemplo social. Esa parte positiva del rico como mecenas ha desaparecido. Estamos en manos de ricos analfabetos.

–España no le invita al optimismo.

–Nadie que lea historia de España puede hacerse ilusiones respecto a nuestro país. Leer historia siendo español produce amargura. Esa falta de respeto hacia nosotros es histórica. Esa vileza inquisitorial, basada en la envidia y en la mala fe,  nos siguen marcado. Los españoles somos especialistas en suicidarnos históricamente. Cada vez que tenemos una oportunidad con una monarquía o república nueva, nos la cargamos sistemáticamente. Eso me hace ser profundamente pesimista. Pero tengo los libros para consolarme.

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El detalle
AUTORES QUE QUEDAN Y OTROS QUE SE VAN

Arturo Pérez-Reverte lo reconoce casi con pesar y, sobre todo, con respeto, sin alardes ni jactancia. «Hay novelistas que hace treinta o cuarenta años eran imprescindibles para mí, como Melville o Balzac. Me marcaron, pero han ido quedando atrás porque ya te han dado lo que tenían que dar. Conrad es el único de ellos que envejece conmigo. Cuando lo leo, aún encuentro cosas nuevas en él que antes no había visto».

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