Cosas

Por: Ángel Gabilondo

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Desconcierta la naturalidad con que parecemos considerar alos demás como objetos que pueden ordenarse, clasificarse, manipularse, trasladarse, intercambiarse, que pueden ser sustituidos o reemplazados. Dado que son semejantes, que queden reducidos a ser similares. Uno por otro. O varios por uno. Ya no hay ni arraigo, ni pertenencia, ni otra identidad que la que se requiere para la identificación. Todo viene a ser contraseña y signatura, como garantía de una supuesta privacidad que tiene algo de privación. En definitiva, así se tranquiliza al usuario, y en cierto modo se le confirma como tal, mediante una cierta reducción o desaparición del sujeto de acción. Es suficiente con que sea capaz de activar. Y de aceptar. Puesto que no faltará exquisitez, vendrá a ser un objeto de calidad.

Así el hombre, a merced de la mirada ajena, dispuesto a ser observado, a fin de hacerse acreedor del debido certificado que le dé seguridad, queda friamente desgarrado, como las cosas y las palabras entre sí. Se trata, a decir de Foucault, de una “distancia silenciosa”, ya que en tal caso “las cosas llegan hasta las riberas del discurso porque aparecen en el hueco de la representación”. Es como si nuestras propias palabras, ya perdidas, huyeran del discurso. Y más aún, como si al restablecer el lazo que las une a nosotros ya sólo sirvieran para clasificar, para dar visibilidad, para enumerar, para establecer la rejilla en la que colocar todo y a todos en su correspondiente casilla.

Pero proceder así es tanto como volver a un tiempo anterior a toda ilustración, donde había, en efecto, más clasificación que anatomía, más estructura que organismo, más cuadro que serie. Ahora bien, perdida la dimensión histórica y la dimensión social, los seres humanos ya ni siquiera vienen a ser objetos –a eso quedará reducido el lenguaje-, sino simplemente cosas. Eso sí, excelentes.

Z1 Si pretendemos otro hacer y otro ser, que nos libere de esta reducción, precisamos de un cierto retorno de otro modo de decir, de otro lenguaje más vinculado al pensar. También Foucaultreitera que “el pensamiento, al ras de su existencia, de su forma más matinal es en sí mismo una acción, -un acto peligroso.” Pero el lenguaje, deshistorizado, alejado del pensar, en nombre de una malentendida eficacia, aislado y separado de los demás, deambula sin reconocer que aquel gran giro ilustrado podría tal vez haberse hoy ya congelado. El cognoscente indeterminado y pasivo vino a ser determinado y activo en la misma realidad conocida y a gozar de la posibilidad de poder intervenir en la transformación de la realidad. De no ser así, quedaría zanjada la cuestión de qué cabe esperar de un ser humano. Poca cosa. O, mejor, sólo cosas.

Sin embargo, continúa ardiendo en nosotros el imperativo de actuar de tal manera que nunca tratemos al hombre como medio o instrumento para los propios fines, ni siquiera a nosotros mismos. En definitiva,  ni a la humanidad, tanto en nuestra persona como en la de cualquier otro, como expresamente señala Kant. Sino que siempre, al mismo tiempo, la consideremos, nos consideremos, como un fin. Se trata de no ser un medio para nadie. Roto el pacto de esa recíproca lib

ertad, todo queda en manos de la situación de poder, del poder de la situación.

Efectivamente, Adornonos advierte de que no es el hombre quien creó las instituciones, sino determinados hombres, en determinada constelación con la naturaleza y entre sí. Y asimismo nos previene de la fraseología que parlotea de la humanidad en general y nunca se ocupa de la igualdad de lo que lleva un rostro humano. Y este modo de proceder suele corresponder a la ideología como lenguaje, porque “escamotea en el hombre las nada mitificadas diferencias de poder social, la del hambre y la superficialidad, la del espíritu y la dúctil imbecilidad”.

Ya no parece haber otra responsabilidad, ni siquiera la de considerar a los otros. Al no hacerlo, en dicha reducción nosotros mismos quedamos reducidos. La necesidad de reiterar estos planteamientos ratifica que elatrevimiento necesario vuelve a ser una vez más el de pensar, sin quedar identificados como cosas cuya singularidad se clausura en cifras y códigos de barra, siempre debidamente garantizados.

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Podríamos ingenuamente atribuir estos males a la técnica y culpabilizarla de nuestra poca consideración, que en definitiva es tan nuestra y coincide con la que tenemos con nosotros mismos. Ya se dijo que “la técnica es la metafísica de la era atómica”. Y ciertamente no es cuestión de desconsiderarlo. El hombre vino a ser sujeto y bien pronto cuanto hay se pobló de objetos. Incluso los seres humanos, queriendo sujetar, quedaron sujetados. Unos más que otros, tanto que para ser sujetos algunos parecieron precisar que los demás fueran objetos a su disposición. Pero eso no sería producto sin más de la técnica, sino ya resultado de un dominio, de una tecnocracia. Confiemos en que no sea del todo así, aunque quizá no pocos piensen que sea demasido confiar.

Precisamente, la ciencia impide la reducción del ser humano a los avatares de la técnica y, en tanto que pensamiento, por su apertura y pluralidad, tiene especial competencia y responsabilidad y, desde luego, capacidad, para no rendirse ni claudicar ante la caricatura de la conversión de todo a objeto representable y manipulable. La ciencia, que brota precisamente del quehacer de los seres humanos, se ve enfrentada a esta inquietante posibilidad.

Lo puesto en cuestión no es simplemente la actividad o el quehacer, ni los planteamientos -que también-, lo que es radicalmente cuestionado es el sentido mismo de en qué consiste hoy eso que denominamos ser humano, cuya existencia, para ser tal, ha de labrarse y tejerse en la propia libertad.Una vez más, la cuestión viene a ser la del sentido y el alcance de esa libertad. Ignorada o desconsiderada la ciencia y su dimensión humana sólo cabría aguardar adormecidos el curso de los acontecimientos, que es tanto como asistir a la pura disolución, no ya en objetos, sino en cosas, útiles, quizá, utensilios. Y no se trata de una aseveración desolada, sino de una anticipación aún tal vez razonable de lo que ocurre o nos podría ocurrir.

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Imágenes: Pinturas de Tetsuya Ishida

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