Dios de la guerra, dios del rock

Por: Diego A. Manrique

“Marte, el portador de la guerra”, de la Suite de los planetas, de Gustav Holst (1874-1934).

Marte, recuerden: dios de la guerra entre los romanos. Debería tener un altar central en el Olimpo del rock: si te consagras a esta música, son muchas las posibilidades de que la convivencia forzada liquide las más sólidas amistades; luego, aparece el business y lo remata. Resultado final: guerra más o menos larvada.

Una sensación repetida durante la lectura del reportaje sobre “Los 50 mejores grupos del rock español”, tema de portada del último Rolling Stone. El lector atento adivinará los contenciosos que estropean el ideal de concordia general. Calculo que una docena de los grupos convocados se negaron a participar; figuran en la lista pero sin foto de actualidad.  No se junta Kiko Veneno con Raimundo Amador. Ni Germán Coppini con Teo Cardalda.

Cuidado: conviene no leer demasiado en ciertas ausencias. Imaginen los problemas logísticos para determinadas reuniones. Los Rodríguez: cuando Andrés Calamaro no anda siguiendo a los toreros, reside en Buenos Aires, mientras Ariel Rot tiene base en Madrid. Pero no funciona esa excusa para Tequila. Otros se reservan la preciada imagen de la reconciliación para hipotéticas reapariciones a todo trapo: Mecano (ya, ya sé: se ha aplicado una definición elástica de “rock”). Los hermanos Auserón alegan el reciente fallecimiento de Enrique Sierra, aunque también hubiera costado juntarlos de seguir el querido guitarrista con nosotros. Entiendan la incomodidad: medios e industria constantemente te piden evocar el pasado,  cuando intentas defender tu proyecto actual en el clima adverso de un país en crisis. Igual ocurre con Alaska y Dinarama.

Como en los divorcios, la ruptura de un grupo crea enemistades profundas: Héroes del Silencio, Gabinete Caligari. El cantante triunfa y sus ex socios quedan en la cuneta. Unos ni pueden concebir estar bajo el mismo techo con sus antiguos compañeros.  No se olvide que el poder reside en el actual detentador de la marca:  los hermanos Castro determinan quién está ahora en Barón  Rojo; el baterista Ñete se ha caído de Nacha Pop.

Aprendí hace años que no abunda la piedad en los recorridos tormentosos: ni Johnny Cifuentes (que registró el nombre de Burning) ni Pepe Risi aceptaron que volviera el cantante histórico, Antonio Martín Toño, aunque solo fuera -como él rogaba- para grabar¡Qué noche la de aquel año!. Preparando aquel programa televisivo, me enteré de cuentas añejas, tan dolorosas que no se podían cancelar. Juan Pardo ni quería hablar con Fernando Arbex: “en negocios de Los Brincos, siempre me engañó”. Pero no es necesario retroceder a los sesenta. A veces, las fracturas son frescas: no hay foto de Pereza.

Nada que deba extrañarme. Por cortesía de Ahmet Ertegun, el sultán de Atlantic Records, un servidor participaba en las primeras elecciones para el Rock and Roll Hall of Fame estadounidense. Tampoco era un ritual muy solemne: te enviaban el listado de candi

datos y una casete con temas de los “nominated”. Algunos de los electores nos lo tomábamos con displicencia y votábamos a última hora. Pero, ah, en Estados Unidos se valoran mucho los Salones de la Fama en cualquier actividad. Los grupos se peleaban por el honor y revivían los repartos injustos, las traiciones, los abandonos.

Y ni siquiera Ertegun, prodigio de diplomacia, era capaz de restañar tantas heridas. Sotto voce, Ertegun contaba extraordinarias rencillas que amargaban las ceremonias de ingreso, celebradas en el hotel neoyorquino Waldorf Astoria.  El mayor disgusto ocurrió en 1988. Entraban Dylan, los Drifters, los Beach Boys, las Supremes, Berry Gordy….un plantel deslumbrante, reforzado por presentadores como Mick Jagger, Springsteen, Elton John, Little Richard o Paul Simon.

Mick Jagger presenta a los Beatles en la ceremonia de 1988

Por cierto, el plato fuerte de 1988 era el ingreso de los Beatles. Pero no hubo manera de juntar a los tres supervivientes. Imposible vencer la resistencia de Paul McCartney, que además difundió un comunicado ácido: “me sentiría como un completo hipócrita saludando y sonriendo con ellos en un reencuentro fingido”.  Uno de esos raros momentos en que McCartney se quitó la máscara y mostró el armazón de acero que sostiene la fachada debeatle simpático.

Ringo Starr, George Harrison, Yoko Ono (“John hubiera venido”), Julian y Sean

Paul tardó en asumir su desliz, que permitió a George Harrison y Yoko Ono lanzarle pullas lacerantes. Aparte, muchos votantes del Hall of Fame se sintieron ofendidos y decidieron olvidarse de McCartney. Solo en 1999, con la muerte de Linda fresca en la memoria, hubo reconciliación: Paul ingresó finalmente por sus casi treinta años como solista. Dolió tanto ninguneo: esa noche, le acompañó su hija Stella, con una camiseta en la que, aproximadamente, se leía: “ya era hora, joder”.

Stella_mccartney_about_fucking_time_shirt_paul_hall_of_fame

Que no se olvide que Marte era igualmente el dios del campo, de la agricultura, de la fecundación. Marte adquiere así  otro sentido para el Planeta Rock: el arte crece del esfuerzo. Hay que plantar, regar, cosechar. Fatigas que suelen requerir trabajo colectivo. Y el número 157 de Rolling Stone también muestra a antiguos compinches que no tienen inconveniente en viajar para abrazarse. Aunque seguro que también entienden a los que mantienen las espadas en alto.

La misma pieza bélica del inicio, combinando aqui las versiones de King Crimson y ELP 

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