El fanatismo de siempre

El Roto

A los fundamentalistas no les gustan las religiones de al lado, ni las más antiguas y, estoy seguro, tampoco las que vendrán. (Por cierto, no sé si lo han notado: siempre están surgiendo nuevos cultos, lo que confirma que la gente no cesa de relajar su comprensión racional del mundo y anhela creer en nuevas cosas en las cuales aliviar sus miedos y problemas). Para los fanáticos, la suya es, están convencidos, la verdadera y única; aquella que dictó u ordenó Dios, el inconfundible ser supremo ante el que ellos han aprendido a prosternarse desde pequeños. El resto, donde las haya, son pura superstición (increíblemente usan a veces ese término como si ellos profesaran una fe científica), idolatría, herejía, blasfemia…

Nuestros antepasados más primitivos no tenían esa clase de convicciones. Por eso sus principios religiosos o de culto siempre me han parecido más sensatos: adoraban a la madre tierra, al trueno, al fuego, en fin, a los elementos naturales. Después, sus historias y personajes se hicieron más complejas y en algunos casos dieron lugar a sistemas mitológicos de gran belleza literaria e inspiración artística que todavía hoy podemos admirar.

En el prefacio a su lúcida Historia de las creencias y las ideas religiosas, Mircea Eliade, citando una de sus obras anteriores, escribe: “…lo «sagrado» es un elemento de la estructura de la conciencia, no un estadio de la historia de esa conciencia. En los niveles más arcaicos de la cultura el vivir del ser humano es ya de por sí un acto religioso, pues tomar el alimento, ejercer la sexualidad y trabajar son actos que poseen un valor sacramental. Dicho de otro modo: ser —o, más bien, hacerse— hombre significa ser «religioso».”

Y otra cosa no menos importante es que en esas religiones primigenias no existía propiamente el impulso de hacer la guerra con nadie por motivos de fe. El asunto de la violencia pasaba obviamente por temas territoriales, familiares y hasta banales, pero en ese estado natural de cosas no se daba que a alguien se le ocurriera atacar a otro clan o tribu digamos que por diferencias teológicas. Desde luego, eso sí, nunca faltaba el brujo, chamán o iniciado que diera su visto bueno al combate con la supuesta anuencia de los dioses; y al fin, si el combate les era propicio, era obvio que había que atribuirlo al favor de alguna deidad.

Entre las culturas prehispánicas existía también un amplio catálogo de ritos sacrifíciales vinculados básicamente a su sistema de creencias. Aun así, y con todo el espanto que esto puede producir en la sensibilidad occidental, el sacrificio tenía una justificación en su cosmovisión y en la interpretación y significado que le daban al universo, la sangre, la vida y la muerte. Entre los mayas, por ejemplo, la sangre era vista como una suerte de combustible universal, de ahí que la buscaran y la derramaran permanentemente: entre los prisioneros, los niños, las doncellas y hasta desde los mismos genitales de los soberanos.

Incluso así, esto no tiene ningún parecido con la idea de ir a matar herejes que inspiró la primera Cruzada o el nefasto planteamiento que acaba de hacer unos días el líder salafista Murgan Mustafa, quien le pidió al presidente de Egipto, Muhamed Mursi, ni más ni menos que destruir las estatuas faraónicas antropomorfas como la Esfinge porque, según él, se trata de meros “ídolos” al margen de la sharia o ley islámica.

Mustafa quisiera repetir, en nombre de la más obtusa interpretación de la fe musulmana, la salvaje destrucción de las monumentales figuras de Buda esculpidas entre los siglos III y IV en las montañas de la región central de Bamiyán en Afganistán, que tuvo lugar en 2001, cuando fueron dinamitadas por los talibanes sin que nadie ni nada pudiera impedirlo.

En aquella oportunidad —una de las más bárbaras con que han contado los talibanes y que resultó, sin que nadie lo supiera leer, un anticipo del demencial ataque a las Torres Gemelas de Nueva York— el ministro de Asuntos Exteriores de los talibán (porque, de tan sociales, tenían uno) Wakil Ahmed Muttawakel, informó al entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan, que su gobierno reconocía que las reliquias tenían valor cultural, pero que su presencia en Afganistán iba contra sus principios religiosos.

Por supuesto, los talibanes no solo destruyeron estos budas, sino miles de piezas arqueológicas que los molestaban con el recuerdo de cuando Afganistán practicaba el budismo.

Porque la lógica del fanático no admite lo diferente en términos históricos, actuales y, claro, tampoco en el futuro. Profesa el estancamiento perfecto. Ahí donde nace su fe mueren o se proscriben todas las demás.

Ajeno a toda pluralidad, el fundamentalista olvida algo que hasta los que no creemos en ningún dios llegamos a saber: que todas las religiones, al reconocer algo como sagrado, son portadoras de un principio universal y merecen respeto.

Ariel González Jiménez/mileniodiario

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