El pavo y el Día de Acción de Gracias

Manolo Méndez

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        La jornada de este jueves se anuncia como la de la gran “carnicería” anual pavera en los Estados Unidos. Se calcula que serán más de 80 millones los pavos que sucumbirán al cuchillo del cocinero, para honrar con su  presencia en la mesa, convenientemente rellenos y asados, la jornada grande, familiar, solemne y tradicional de su Día de Acción de Gracias, que viene siendo, en una equivalencia que bien puede hacerse, en el plano de encuentro familiar, algo así como lo que para nosotros es la Nochebuena.

        Fue Abraham Lincoln, en 1863, es decir, hace 149 años, quien instituyó en esta fecha, la del último jueves de cada mes de noviembre, la jornada festiva del Día de Acción de Gracias. Lo cual no significa que antes no se celebrara, pero no exactamente en esta fecha concreta, sino que, con anterioridad, tuvo el festín diferentes ubicaciones en el calendario anual: el 1º de noviembre, el 1º de enero…y hasta, en una etapa, el 19 de febrero.         En todo caso, como bien se sabe, el origen de esta celebración anual engarza, según la historiografía oficial, con la evocación de la fiesta -liturgia religiosa y cuchipanda colectiva- que allá por el año 1623, es decir, tres después de la llegada de los peregrinos del “Myflower“, organizaron los colonos de Plymont, en Massachussets, para dar gracias a Dios por la primera cosecha recolectada en las nuevas tierras.      Y es así que, según se cuenta, en aquel almuerzo comunal fue el pavo -la oronda gallinácea que habían descubierto, salvaje, al desembarcar- la que sirvió de base principal al histórico menú.

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     Así ocurrió, y tal es historia cierta y verídica, aunque con matices -que es lo que hoy venimos a contarles- . Y es que las investigaciones llevadas a cabo por el profesor de la universidad de Florida, Michael Gannon, publicadas hace algo más de una década, han sacado a la luz que la tal celebración, en stricto sensu, no fue un invento de los peregrinos del “Myflower“, sino que, con anterioridad de al menos de medio siglo, la costumbre de un ágape comunal tras una jornada religiosa de “acción de gracias” venía desarrollándose con regularidad en el poblado hispano de San Agustín de Nuestra Señora de la Florida.         Reconoce el profesor Gannon una verdad cierta: cual la de que los británicos ganaron la partida a los españoles en el norte de América …y los vencedores, ya se sabe, son los que escriben la Historia.

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 Pero, buscando en ella -en la Historia-, Gannon afloró documentos fehacientes que hablan de que en el año del Señor de 1565, es decir, más de medio siglo antes que en Massachussets, concretamente el 8 de septiembre de aquel año, en aquel poblado de San Agustín presidió la misa y la mesa comunal festiva don Pedro Menéndez de Avilés, junto a otros 800 colonos españoles. Y que luego de elevar las correspondientes plegarias, se sirvió un ágape, al que, por cierto, fueron invitados decenas de indios de la tribu local de los Seloy, en el que se sirvió como plato principal un excelso cocido, acompañado para la ocasión con vino tinto. Un menú comunal de “acción de gracias” -también motivado por la feliz recolección de la cosecha- al que los indios aportaron, de su despensa indígena, pavo salvaje, maíz, calabaza y frijoles.

Buen menú, por cierto. Y buena historia perdida e injustamente olvidada, que, en su valor de símbolo y moraleja no es, ciertamente no, “moco de pavo”. Ave de la que, por cierto, hoy les hemos contado poco. Comprometida queda, pues, para una próxima “entrada”, la curiosa historia gastronómica de este animal, y la no menos curiosa de su tradicional vinculación con la mesa navideña española. Buen provecho.

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