Ese ruido de caza…

Ayer acudí con mi madre y con mi hijo al cementerio municipal de Compostela. Mi hijo iba motivado por una mezcla de reverencia y curiosidad. Lo de mi madre es distinto. Desde que  tuve memoria recuerdo que para ella la muerte constituía vida social y le gustaba mucho intercambiar luto, abatimiento y difuntos con sus amistades. La verdad es que no se pone trágica, como otras señoras amigas suyas, y recorre el cementerio con una mezcla de respeto y entusiasmo, prudente y escéptica a la vez, como Jack Nicklaus cuando calculaba el golpe preciso para salir airoso del «banker» de mármol pulido. Yo soy un visitante escéptico y poco entregado. Aunque me gustaron siempre los cementerios, los visito muy de tarde en tarde y prefiero los camposantos rurales, tan abundantes en Galicia, guateados de musgo,

entrañable maleza de piedra y de berzas a la que acuden a tomar el sol los lagartos, las sombras y los gatos. Recuerdo haber pasado muchas horas en el cementerio cambadés de Santa Mariña Dozo, del que hizo un hermoso cuadro demacrado mi amiga Luchy López. Iba de niño a echarles pan a los muertos y vuelvo cuando añoro la grava. Se reparten los sepulcros bajo los arcos desnudos de una iglesia derruida y hay en el ábside un Cristo sucio, biliar y perplejo que yo siempre supuse que cada noche gritaba afónico y se meaba de miedo. A veces alumbra a sus pies la luz cautiva de un fanal y entonces es un Cristo con el rostro drapeado con una angustia encerada que me atraía de niño porque pensaba que aquel ser magro y crucificado tenía algo que contarme. Me infundía respeto y desconfianza a la vez. Mientras fui niño nunca estuve seguro de si quería que le confesase mis pecados o esperaba que le acercase a los pies sus zapatillas. Y aun ahora a veces pienso que puede ser suyo ese ruido de caza en el maletero del coche…

Josè Luis Alvite/larazon.es

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