Oratoria con beso

 Oratoria con beso; por José Luis Alvite

Confirmada su reelección, el presidente Obama habló para los suyos en Chicago y no dudó en hacer una cariñosa referencia a su mujer. Fue un discurso sensible, expresivo  y sencillo, en la línea de ese estilo tan americano en el que se mezclan el rigor protocolario y los sentimientos más íntimos, con tiempo para las ideas cruciales y para los recuerdos personales, sin importar en absoluto que la idea objetiva más sesuda vaya seguida de la anécdota personal más simple. Supongo que esa sencillez tiene mucho que ver con el carácter de un pueblo en el que se entiende mal que alguien se exprese de manera que cada tres palabras haya sido incapaz de expresar al menos un par de ideas. También carecen de ese absurdo pudor que tanto frena a los políticos españoles a la hora de expresarse con sinceridad en público. Esa referencia de Obama a su esposa se consideraría aquí un deta

lle cursi y sería pasto del sarcasmo editorial de los humoristas más «intelectuales». Es difícil imaginar que un político español elija una sencilla referencia a su esposa pudiendo hacer una erudita cita de Tucídides. Aquí sus señorías nos anestesian con discursos retóricos plagados de citas en latín y de vaguedades abstractas que sirven para entender una cosa y la contraria. Actúan en consonancia con la pesada carpintería de sus despachos, acordes con una sintaxis de largo recorrido que cuesta reproducir si se es fumador. Nos frena un extraño pudor expresivo. Por eso en Denver cuando hay un tiroteo la víctima muere de un balazo en el cuello y en cambio aquí fallecería como consecuencia de «lesiones incompatibles con la vida». Yo prefiero esa expresividad entrañable de Obama, que no se reprime de besar públicamente en la boca a su mujer, algo impensable en España, un país en el que entre el político y su esposa siempre hay un jefe de gabinete, un mueble con termitas o un conserje.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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