¿Por qué son felices los mexicanos?

Cualquier infeliz podía temérselo: la mayoría de los mexicanos declara ser feliz. Según el INEGI, nuestra máxima autoridad estadística, ocho de cada diez ciudadanos, por increíble que pueda parecer, siente —y sentires una forma nada desdeñable de estar y de ser— que su vida, aquí y ahora, transcurre de un modo u otro en medio de las gratas aguas de la felicidad; o bien, que le da mejores cosas que aquellas que le quita o niega.

Sería imposible citar todos los motivos particulares que esgrimen nuestros paisanos para declararse sonrientes y optimistas; a lo sumo, podrían quizás catalogarse, como hizo el INEGI, algunos rubros generales que les brindan satisfacción suficiente como para que tengan esa percepción (y otra vez: lo que se percibe de algún modo es), pero el hecho es que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía procesó este estado de ánimo tal y como lo registra MILENIO Diario en su edición del pasado jueves: “Durante la presentación por primera vez de la Encuesta Nacional del Bienestar, el presidente del instituto, Eduardo Sojo, dio a conocer que ocho de cada 10 mexicanos manifestaron emociones positivas en relación con su bienestar”.

Podría pensarse que el señor Sojo —en su momento un secretario de Economía empeñado en ocultar (infelizmente) la crisis y el prolongado estancamiento económico del país— encontró la fórmula para darnos por fin una buena noticia o que se trata de un plan suyo para quedarse en el cargo, pero es evidente que los datos son ciertos, toda vez que recogen esencialmente lo que la gente respondió, aunque es claro que no hay ni puede haber una medición objetiva del asunto).

“De acuerdo con el estudio –prosigue la nota–, los entrevistados le otorgaron una calificación promedio de 8.02 a sus niveles de satisfacción con la vida, mientras que a los temas relacionados con la felicidad le asignaron en promedio una evaluación de 8.4, esto en una escala del cero a 10”, lo que hace, por ejemplo, que los mexicanos sean o crean ser más felices que los ingleses, quienes alcanzan una calificación de 7.9 (algo que tan solo por nuestra gastronomía yo no dudo).

Y también se nos informa que en el ranking de la felicidad mundial, según la encuestadora Gallup, “México se ubica en la posición 22 de 154 países, siendo Dinamarca, Suecia y Canadá los más felices”.

Ahora bien, los daneses, suecos y canadienses parecen y se ven felices a ojos de todo el mundo; además, dicen las encuestas, se sienten felices. Uno no tiene más remedio que concluir que, sea lo que sea la felicidad, ellos los son. Pero ¿y los mexicanos? No creo que parezcamos y que en el resto del planeta se nos crea muy felices, pero si por encima de las malas noticias que definen nuestra imagen en el exterior nos sentimos felices, pues ni modo: el mundo tendrá que aceptar que de alguna manera, a pesar de los hechos y hasta de nosotros mismos, lo somos.

Como dije más arriba, es obvio que no se puede saber con precisión de qué hablan los mexicanos cuando hablan de felicidad (quizás ni le llamen así a su estado anímico), pero estadísticamente —siempre según el INEGI— sus motivos de satisfacción tienen que ver con “la vida familiar, autonomía, salud y apariencia, que tuvieron evaluaciones entre 8.2 y 8.6”. Lógicamente, porque el masoquismo no es una institución nacional, los aspectos en los que declaran no estar muy satisfechos se relacionan con “la situación económica y del país, con su tiempo disponible, su educación, la vivienda donde habitan, sus logros, la seguridad personal, su vida social, el trabajo que actualmente tienen y sus perspectivas. A esas características les otorgaron calificaciones de entre 6.5 y 7.7”.

Esto aclara que lo que hace dichosos a los mexicanos son las comidas de los domingos con toda su prole, al menos; los paseos “en bola”, incluyendo a la suegra, las hermanas, las tías y una docena de sobrinos y primitos; los partidos de futbol con los mismos invitados, más el compadre y otros amigos que son “como de la familia”, así como otras muchas actividades de ese mismo corte.

Lo de la “autonomía”, supongo que se refiere a la posibilidad de irse con los cuates a tomar un trago hasta que cierre la cantina; irse con las amigas a pasar toda la mañana a un restaurante o café; llegar a la hora que sea a casa y otras opciones semejantes que pueden verse como parte del “hago lo que quiero” que a todo mundo gusta.

Lo salud es un tema más controvertido, lo mismo que el de la apariencia, pero nuevamente hay que saber entender y sobre todo respetar lo que los mexicanos declaran. En este país, estar “sano” es nada más no estar enfermo; aun algo mejor: estar vivo. Y lo de la apariencia debe ser lo de menos.

En fin, que la dicha predomina entre los mexicanos según ellos mismos. Pero ¿por qué es feliz el mexicano? La respuesta, sin rodeos ontológicos, se me ocurre que ya la han dado algunos personajes de la vida diaria que ante cuestionamientos extremos responden sin ninguna complicación: “Porque se me pega la chingada gana. ¿Está claro?”.

Y quizás esa forma voluntariosa del ser nacional sea la única felicidad posible. Quizás.

Ariel González Jiménez

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