Prisa para ayer

Prisa para ayer; por José Luis Alvite

Hay una edad para la inocencia creadora y hay también un tiempo para el escepticismo paralizante. A lo largo de su vida el ser humano se debate entre la esperanza de la juventud y la resignación de la vejez, ese periodo existencial en el que un hombre se da cuenta de que la felicidad sólo es una racha breve y relativa, un amable tiempo de tregua que va a durar seguramente sólo hasta que lo arruine cualquiera de las malas noticias por las que se espera a esa edad. Llega un momento en el que miras  el almanaque y encuentras que la fecha que señalaste para el viaje a Praga está rodeada de circulitos rojos que te advierten de las próximas visitas al médico. Entonces comprendes que tu vida ya no es lo que fue y que lo prudente será no asistir a ningún espectáculo en el que no tengas la absoluta certeza de que habrá cerca un desfibrilador. Ya no te sucede como cuando eras joven y te preguntabas por la meteorología pensando en elegir bien la ropa para el inminente viaje. Te has hecho mayor y tu futuro no está sólo expuesto a que empeore el tiempo, sino a lo que diga la próxima analítica. «¿Praga, dice usted? Seamos sensatos, caballero. ¿Por qué no piensa en un viaje mas corto? Salga a la calle cada mañana y estire un rato las piernas antes de volver a casa. No le hablo como médico, sino como amigo. Ya no somos chiquillos. ¡Sentido común! ¿Sabe que hago yo? Vivo con calma. Dentro de un rato saldré a comprar el periódico de hoy, pero no lo leeré hasta que mañana se haya convertido en el periódico de ayer». Yo no estoy todavía en la edad en la que se le dicen esas cosas a un paciente, pero la próxima vez que acuda al médico esperaré sin prisa a que me extienda mañana el certificado de defunción de ayer.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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