Recuerdo con merienda

Con la muerte de Miliki me he dado cuenta de lo importante que el célebre payaso fue para mucha gente, para decenas de miles de españoles que lloran sinceramente su pérdida, recuerdan sus historietas o cantan como homenaje sus canciones. A mí me resultaba un hombre admirable por la seriedad con la que se tomó siempre su oficio de payaso, ese trabajo tan complicado a cuya perfección incluso tienen difícil  acceso los políticos. Sin olvidar el éxito coral alcanzado con el resto de la familia Aragón, Miliki representó el esfuerzo que se necesita para que la sencillez no parezca una fatal vulgaridad, sino una valiosa conquista. Era sencillo, entrañable y necesario como la merienda. Otros lo intentaron y fracasaron porque que en su caso el mérito no era de ellos, por sus discutibles ocurrencias, sino del público infantil, por su admirable  y entregado estoicismo. No hará falta que cite ejemplos para contraponer su baja calidad al estilo pegadizo, inteligente y entrañable del artista ahora fallecido. Miliki era un payaso cordial y divertido –no necesariamente simple–, cuyo trabajo se conserva en la memoria de millones de españoles porque lo hacía sin grandes pretensiones, con el recurso de algo que no se adquiere fácilmente si no se tiene de fábrica: honestidad. Ejerció con discreción la grandiosidad de lo pequeño y consiguió que muchos españoles conserven al cabo de los años el estribillo limpio y amable de una infancia que quizá fue más feliz gracias a que irrumpió en sus vidas un payaso que les levantó el ánimo en un descanso de sus deberes y les inculcó con sus historietas y con sus canciones la idea de que hay un momento en el que al hacernos mayores nos damos cuenta de que en realidad la sensatez  es una cosa que estropea mucho la felicidad y que, según se mire, la muerte sólo es algo que sucede sin remedio cuando, por desgracia, nos hemos alejado demasiado de la merienda.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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