Un tiro en la cabeza

Con la elección de Obama cayó el tópico de que la América intolerante y racista jamás avalaría con sus votos la presencia de un negro en la Casa Blanca. En noviembre de 1960, el éxito electoral de John F. Kennedy frente al conservador Richard Nixon había echado por tierra la idea preconcebida de que un país mayoritariamente protestante no apoyaría en las urnas la candidatura de un aspirante católico. En la votación de mañana se trata de elegir entre la reelección de Obama y el apoyo a Mitt Romney, que si resultase elegido presidente confirmaría la destrucción  del viejo tópico de que las fuerzas religiosas mayoritarias en el país impedirían la llegada  a la Casa Blanca de un político mormón. ¿No será que tantos pequeños tópicos sólo constituían en  su conjunto un enorme tópico global, la burda caricatura sociológica de un país nacido como un silvestre brote de libertad y que ha

vivido siempre en democracia, una nación en la que si sus ciudadanos portan armas es pensando en la emergencia de tener que defenderse a tiros de las tentaciones autoritarias de sus políticos? ¿Sería acaso más sensato que lo analistas españoles se preguntasen por qué en España no ha habido jamás un ministro gitano? No estaría mal que los demagogos de turno echasen la vista atrás y recordasen que el origen de EEUU estuvo en cierto modo en la intolerancia europea de sus tiempos fundacionales, cuando un puñado de hombres redactaron unas cuantas ideas elementales sin otra inspiración que el sentido común y el ansia de libertad. Thomas Jefferson, John Adams o Benjamin Franklin sabían que a veces la libertad no reside tanto en las normas que se dictan, como en las leyes que  se derogan. Un católico, un negro, un mormón… todo es posible en un país en el que la diferencia real entre Kennedy y Obama no es el color de la piel, sino un tiro en la cabeza.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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