Zombis

Los zombis deambulan entre nosotros: como tema de innumerables películas y best sellers, asunto filosófico, metáfora de la desaforada vida nocturna y hasta como representación de las más trasnochadas militancias políticas. Desde que George A. Romero tuvo la necrofílica decisión de llevarlos a la pantalla grande en 1968 (La noche de los muertos vivientes), nunca se han ido de la cultura popular y, antes al contrario, han migrado exitosamente a diversos ámbitos donde se les rinde culto o son objeto de profundas especulaciones.

Dice la Wikipedia que “un zombi (en ocasiones escrito erróneamente con la grafía inglesa zombie) es, originalmente, una figura legendaria propia de las regiones donde se practica el culto vudú. Se trata de un muerto resucitado por medios mágicos por un hechicero para convertirlo en su esclavo. Por extensión, ha pasado a la literatura fantástica como sinónimo de muerto viviente y al lenguaje común para designar en sentido figurado a quien hace las cosas mecánicamente como si estuviera privado de voluntad”.

La singularidad del zombi es que alguna vez vivió y murió, pero por oscuras razones volvió al mundo de los vivos. Su clave, como subgénero de terror, es precisamente que de buenas a primeras, sin saberse nunca por qué, los muertitos se levantan de sus tumbas y comienzan a andar por ahí asustando a la gente y, de ser posible, asesinándola para incorporarla a su siniestro club.

Para que un tema produzca terror es necesario que sepamos poca cosa de él; lo inquietante, lo verdaderamente espantoso es que no sabemos por qué diablos o para qué los zombis dejan sus apacibles tumbas y regresan al mundo (esta última idea es la más horrible, viéndolo bien: abandonan la merecida paz que ya habían alcanzado y vuelven a la mundanal existencia, así sea con ese andar torpe y cansino, y esa voluntad perdida que no los distingue mucho de millones de ciudadanos que viven como si nada).El asunto de los zombis ha ocupado (y preocupado) de tal forma a algunas personas, que Max Brooks tuvo que elaborar La guía de supervivencia zombi, donde plantea distintas tácticas para sobrevivir a un ataque masivo de estas desorientadas criaturas. De tan fascinante que es el tema, el libro de Brooks llegó a estar en la lista de bestsellers de The New York Times.

He hojeado esta guía y no me parece muy práctica (para un país

como México, donde alguien como yo no conseguiría fácilmente una escopeta o una granada para detenerlos), pero sí muy divertida. El consejo con el que me quedo es que hay que estar en forma para cualquier eventualidad: si vienen por nosotros, que por lo menos podamos salir corriendo. Si un zombi nos alcanza es que nuestra condición física es poco menos que deplorable.

Por supuesto que también la filosofía se ha acercado al tema. Para no ir más lejos, Jorge Fernández Gonzalo ha escrito su Filosofía zombi (Anagrama, 2012), que, según la editorial, “urde un original análisis sobre las sociedades de control y las tecnologías de mediación que nos separan del acontecimiento de lo real. El zombi representa una no-construcción en el otro, esa falta de otredad a que se encamina el sujeto de las sociedades tardocapitalistas… De este modo, las plagas de cadáveres andantes de la ficción nos sirven como metáfora para entender la complejidad de nuestra sociedad posmoderna”.

¿Es que estamos muertos o medio muertos bajo la sociedad actual? Puede ser. Es más: en ocasiones reúno indicios de que es así. La otra noche, por ejemplo, salí con unos personajes que me hicieron pensar seriamente en el tema: por sus gestos, lo que comían, bebían y hablaban no pude menos que pensar que su vida ya era una especie de instalación hecha por un demente.

Un primer rasgo característico de este tipo de zombi es que jamás repara en su existencia: ésta es algo dado porque sí, pero suponen que es para siempre. De ahí que se conduzcan como si fueran inmortales. No tienen tampoco dudas sobre nada.

Confirmo entonces lo más fascinante del tema zombi: prestamos tanta atención a los “muertos vivientes” y dejamos de ocuparnos de los que viven como muertos, que no son pocos. De hecho, quizás suman una mayoría aplastante y letal.

Debemos asumir que los muertos, por mucho que anden por las calles con la mirada extraviada y persiguiéndonos, están bien muertos. El caso es hacer que vuelvan al cementerio. ¿Pero qué podemos hacer con los vivos murientes? No mucho: su esperanza de vida ha ido en aumento; tienen cada vez más un mundo a su medida y hasta han hecho posible que los que se cuestionan su forma de existencia sean vistos como imbéciles o desadaptados.

Y una de las pocas ocasiones en que corren el riesgo de verse como realmente son es precisamente los días de muertos, cuando hasta sin querer pensamos —en medio de tanto disfraz— qué fue de la vida.

Ariel González Jiménez/mileniodiario

zp8497586rq