Bohemia, indigencia y espuma

No corren buenos tiempos para la vida bohemia. Tipos desastrados que salen a deshora y viven al margen de las normas sociales los hay por todas partes, es cierto, pero la mayoría no son bohemios, sino indigentes. Uno no se hace bohemio solo porque vista con despreocupación, arrastre deudas en los bares y tenga los zapatos deformados por las uñas de los pies, aunque es cierto que una de las consecuencias dramáticas del prologando ejercicio de la bohemia puede ser a menudo la indigencia. En otros casos la bohemia se urde en el mismo desorden vital en el que por lo general surge el anarquismo, si es que no son con cierta frecuencia dos rasgos distintos del mismo rostro. Ambos son elementos marginales de una sociedad que no les gusta, aunque es evidente que sus métodos para luchar contra ella son distintos. El anarquista pretende liquidar el Estado, mientras que el bohemio se conforma con ablandar la rectitud del barman que le sirve las copas a deshora, de modo que al discípulo de Bakunin lo persigue la Policía y al bohemio lo acosan las deudas. A mí me arrastró a la bohemia mi viejo culto a la pereza, que no es en absoluto un sentimiento elevado, ni un rasgo admirable. Me pareció mi destino más apropiado y me acomodé en ella con la misma naturalidad cinética con la que se instala la pulga en la maleza lanar del perro, arrastrado a ello por la idea de que lo que engrandece a un hombre no es el dinero que gana, sino el dinero que desprecia, motivado también por una indolencia insuperable y por la firme convicción de que en este país la obra de un hombre no merece ser admirada si al mismo tiempo no produce desprecio su entereza o no despierta compasión su vida. Después contuve mi bohemia porque comprendí que el alma de un hombre sirve de poco si en su rostro no hace espuma el jabón.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura “La vida bohemia” del pintor Alfred Pages (La Vie De Bohème).

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