Bueyes con yeguas dentro

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Hay circunstancias meteorológicas que favorecen la estabilidad social y otras que la crispan. Ahora viene el verano, que es una estación que relaja los ánimos y predispone a la serenidad. Es el tiempo para escuchar la sintaxis del agua en las fuentes y la carambola gutural de las palomas, días veniales para la fiesta, cita con el imperio de los sentidos, cierne del placer y larva de la lujuria, un tiempo de ventilación y de sandalias en el que el escote puede más que las ideas, esos instantes de hegemonía glandular en los que incluso desde dentro de los bueyes salen preñadas las yeguas. Hasta que inesperadamente sobre el calor se ciernen las nubes e irrumpe el bochorno con su asfixiada morbidez, angustioso y aplastante. Muchas de las peores ideas de los hombres son el resultado de un bochorno insoportable, como en esas secuencias de «Cayo Largo» en las que incluso sudan la sombra ebria de Claire Trevor, el agua de la bañera y las aspas del ventilador, o como en esa páginas de Faulkner en las que parece que pudiera salir seborrea de las ubres al ordeñar las vacas de esparto. Supongo que los políticos agradecen el calor y temen el bochorno que pueda malograr sus beneficios. No es fácil que pueda tener la mente objetiva un hombre con las ingles sudadas, ni una mujer entre cuyas piernas se descuelga como una trenza de melaza la lencería. Una vez sobrevenido el bochorno, lo mejor es cruzarse de brazos con la mente en blanco y esperar a que remita la maldita humedad, ceda la angustia y no tenga uno que peinarse arrastrando sobre la cabeza con el peine la flácida sanguijuela del sudor, la oruga oleosa y meada en la que podría medrar un congrio con las alas de un buitre mientras en la calma arrozal de las terrazas de los cafés a los camareros les sale por el pecho el sudor de la espalda.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura de :  Ignacio Fortún

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