España: de liebre a tortuga

A ver. La opinión pública pide sangre como sea. El español medio está harto de que lo frían a impuestos, de que el país se cae. Nadie tiene la receta para sacar al moribundo adelante. Eso sí, la poca sangre que le queda al español, se la quitan para dárselo a los estertores de la España que se muere de verdad.

Hay muchas maneras de morirse. Algunos toman el camino de tirarse por un balcón. Son los que ya no tienen nada que perder porque lo han perdido todo o más bien, les han arrebatado todo. Muchos, pensaron que sus casas eran de ellos pero el banco se las arrebató porque se quedaron sin trabajo y no tenían cómo pagar unas hipotecas que se convirtieron en unas montañas inexpugnables. Los desposeían de sus casas pero no de sus deudas. Las hipotecas se convirtieron en su pesadilla. Tenían que seguir pagándolas. Es el colmo de la perversión.

El país se muere de verdad con más de dos millones de familias en las que ninguno de sus miembros tiene trabajo y, por lo tanto, no hay ingresos. Millones de personas, de conciudadanos, se han convertido en parados de larga duración que probablemente —tal y como está el panorama— ya no encuentren trabajo. Por mucho que se esfuercen las ONG como Cáritas o Cruz Roja, estas no se dan a basto.

Los comedores sociales se han convertido en multitudinarios conciertos pero no para escuchar a un cantante sino para saciar el rugido de las entrañas a base de hidratos de carbono, que es lo más efectivo. Claro, con todo ello, muchos españoles están desnutridos. El aporte de vitaminas y proteínas es ínfimo. Por eso, en muchas parroquias reparten vitaminas. Bastante hacen las asociaciones sin ánimo de lucro con poder dar de comer a decenas de miles de personas a diario.

El país se muere porque la acuchillada de la crisis ha sido mucho más profunda de lo que nadie se imaginó. Los pobres hoy son paupérrimos. La clase media está desapareciendo en España para confundirse con los más desfavorecidos.

Porque sí, hubo un tiempo, como dijo el ex presidente Aznar, que España iba bien. Claro, con muchos defectos y mucha dinamita sobre una economía que el día que estalló, destrozó todo lo que había a su paso. Pero la diferencia fue abismal.

Hasta hace cinco años la pregunta que el español medio se hacía era saber cómo podía llegar a final de mes. Todos, mal o bien, en un sprint o renqueando, pero llegaban al término del mes y generalmente con buen término.

Ahora la pregunta que se formulan millones de personas y digo millones —no cien mil, no diez mil— es qué le voy a dar mañana a mis hijos de comer. El contenido de la cuestión es muy distinto. Tanto que se convierte en algo vital.

El país se muere porque no hay crédito más que para los amigos de los banqueros. Sin crédito, no hay dinero. Sin dinero, no hay puestos de trabajo. Las cafeterías, los restaurantes, los comercios en general están semivacíos. Finalmente provoca un colapso del paciente e irremediablemente se muere.

La ciudadanía quiere sangre. Busca un chivo expiatorio. Por eso, todas las flechas ahora miran hacia la clase política. Son los únicos que de todo lo que he escrito hasta ahora, ni les interesa e incluso, son ajenos a esa realidad. Por eso se pide un cambio, pero un cambio de verdad. No sé si de modelo pero es necesario un cambio estructural.

¿Alguna vez sacaremos a esta España de este túnel? Probablemente sí, pero para eso hacen falta muchos años y ya llevamos seis de recesión.

Alberto Peláez/http://www.milenio.com/

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