España en México

En Madrid, en 1982, el taxista que nos conducía a la Universidad Complutense no cesaba de vernos por el espejo retrovisor, a las claras revelando ansiedad por conversar. Sin poder contenerse, a los pocos minutos nos preguntó de dónde éramos. Al decirle que de México, el taxista no vaciló: ¡hombre, menudo problema habéis tenido con Las Malvinas!

A los pocos años, establecido como estudiante, a mi vecino de Valderodrigo en Saconia, empleado de una Caja Madrid, tuve que dibujarle sobre el arenal del los multifamiliares (entonces no tenía a la mano un celular o un iPad) un mapa donde ubicaba a México en el continente americano. “¿Y cómo tan pronto aprendieron español?”, me dijo.

En la novela La Colmena, de Camilo José Cela, uno de los personajes que pregunta por qué a una de las prostitutas del burdel le dicen la Uruguaya, recibe una contestación del mismo jaez: “porque nació en Buenos Aires”.

No recuerdo si hubo risas en la sala donde se exhibía la versión cinematográfica, pero lo cierto es que la ignorancia de los españoles respecto de América Latina es proverbial.

Entonces, en los años 80, esto se explicaba como una de las expresiones del aislamiento provocado por el franquismo, que estableció en la mentalidad endogámica de buena parte de la sociedad española el rechazo a lo extranjero, desde donde provendrían las amenazas y los enemigos de la España que tenía en un puño el Generalísimo.

Sin embargo, las cosas no parecen haber cambiado mucho en estos años; el rechazo a lo extranjero se ha particularizado de manera ofensiva y racista contra los sudacas, (los latinoamericanos); la actitud policíaca ha derivado en malos tratos y deportaciones de muchos mexicanos en el aeropuerto de Barajas de Madrid y en el Prats de Barcelona.

Un artículo del escritor mexicano-catalán Jordi Soler, “México no está en Sudamérica”, (El País, 29/06/13), tiene la intención no solo de remarcar esa ignorancia y el despecho de muchos españoles hacia nuestro país y América Latina, sino la de hacer notar el papel que ha asumido España ante los más de 375 millones de latinoamericanos “que empiezan a ser más prósperos que ella”.

España en esta etapa de crisis —asienta Soler— debe observar a América Latina de otra manera. Es la crisis, entonces, la razón de esta reconsideración. Ha quedado atrás, en efecto, la época en que España era la referencia de aquellos que vieron en su transición política y en su incorporación a Europa, un modelo adaptable a las circunstancias de algunos países de la región.

De 1982 a mediados de los 90 —los tres periodos de gobierno de Felipe González— se creó la imagen de una España próspera, moderna, revolucionada en lo social y en su cultura política, que se lucía dando lecciones de política democrática.

Es cierto que buena parte de esa prosperidad estaba fundada en los subsidios de la Unión Europea, pero la sociedad española vivió una época de crecimiento y bienestar que no había conocido en el siglo XX y que hasta hoy no ha vuelto a conocer.

La misma pregunta que nos hemos hecho han de plantearse los españoles ahora con su propia crisis: “¿Cuándo nos pasó esto?”. La cuestión es muy simple: la dinámica que impone el afán de ganancia fácil y rápida, aupada a la corrupción de los sectores del gobierno y del sector inmobiliario, los deja a merced —en este caso a la economía española— de los tiburones del mercado financiero.

Tiene razón Soler: España es mucho más que Repsol o Telefónica. Diría que más que el Barcelona y el Real Madrid: España deber recurrir a los españoles que en nuestras tierras han sido recibidos con los brazos abiertos y que están con nosotros. Así ha sido en diferentes épocas. Y, como en toda emigración, ha llegado de todo. Desde etarras de la época heroica, hasta matones resentidos. Desde empresarios aventureros y farsantes, hasta ladrones profesionales.

Se ha visto crecer fortunas de gente que vino con una mano adelante y otra atrás; prestaron su nombre a bribones mexicanos y, en complicidad con funcionarios corruptos, elevaron sus ingresos a lo impensado.

Ha sido el destino el que lo impidió, pero por poco, un miembro de estas familias estuvo a punto de ser presidente de México.

Pero aquí en el país, hablo por lo que sabemos, son muchos los mexicanos de origen español, como ha escrito Fernando Serrano Migallón, que han dejado el sello mexicano en su obra.

Refugiados o no, centenares de académicos, intelectuales, artistas, arquitectos, comerciantes, hombres de empresa, han venido a vivir entre nosotros; llegaron con su voluntad y su talento a fundar una familia y un patrimonio, a participar de nuestros sueños y pesadillas, a defender la soberanía nacional, a ayudar a construir y a edificar a México como un gran país; tal como lo hubieran hecho en el suyo.

No sé qué tan importante sea conseguir que en España México regrese a Norteamérica. Tampoco del simbolismo de enterrar la Conquista y la mirada imperial, como escribe Soler.

No abuso de su generosidad. Lo que sí sé es que debemos enterrar nuestros males del presente, los de acá y los del otro lado del mar; hagamos lo que nos falta por hacer, tal vez complementándonos o cada quien con su ruta de navegación. El lenguaje, la sangre y la historia, nos unirán siempre.

Jorge Medina Viedas/http://www.milenio.com

Deja un comentario