Jesucristo como alcalde y los nuevos populistas

No tengo claro si es que antes sucedía y no lo sabíamos o que hay cosas que algunos grupos —en este caso religiosos— ponen de moda: ahora se trata de entregar una ciudad “a Jesucristo”. Tal ofrenda no se hace en la privacidad de la oración, ni en la intimidad de la comunicación con Dios que permite la fe, a los que la tienen.

Los políticos lo hacen frente a un público fervoroso que aplaude, grita, se emociona. En el caso del presidente municipal de Ensenada, en agosto del año pasado, es producto de un reto del pastor que lo invita al micrófono frente a su congregación: “Dele las llaves de la ciudad a Jesucristo”, le pide mientras el público aplaude rabioso. Enrique Pelayo Torres toma el micrófono y concede: “Ensenada está viviendo un romance con Dios, y claro que le doy las llaves de la ciudad a Jesucristo. Jesucristo desde un principio vive en cada uno de los seres que aquí están presentes y en la gran comunidad de nuestra querida Ensenada en sus corazones”.

El alcalde de Guadalupe, Nuevo León, César Garza, ya había hecho lo mismo en diciembre del año pasado: “Yo, César Garza Villarreal, presidente municipal de ciudad Guadalupe, entrego la ciudad de Guadalupe, Nuevo León, a nuestro señor Jesucristo para que su reino de paz y bendición sea establecido. Abro las puertas de este municipio a Dios como la máxima autoridad. Reconozco que sin su presencia y ayuda no podemos tener éxito real”.

Unos días después el vecino hizo lo mismo: “Yo, Rodolfo Ambriz Oviedo, alcalde de Ciudad Benito Juárez, Nuevo León, hoy a 1 de enero de 2013, ante la sociedad de esta ciudad, hago entrega de las llaves de la ciudad a Jesucristo, rey de reyes y señor de señores”.

Y el sábado la alcaldesa de Monterrey, Margarita Arellanes, con tal de superar a sus vecinos, le entregó no las llaves, sino toda la ciudad.

Ayer, en entrevista con Azucena Uresti en MILENIO Radio, la alcaldesa se defendió acusando a quienes no les gusta esa mezcla entre religión y poder público de “intolerantes” o, al menos, insensibles. Y recurrió al viejo truco de que lo que hizo el sábado lo hizo a “título personal”.

Ya otros han dedicado líneas a analizar el ángulo del laicismo y todos los problemas —y horrores— que acarrea esa mezcla entre Dios y el gobierno.

Me da la impresión, sin embargo, que en esta nueva oleada la religión tiene menos que ver que la politiquería. Curiosamente estas “entregas” de llaves o ciudades o poderes a Jesucristo se hacen en eventos multitudinarios. Son, pues, actos políticos. No son ritos de la fe. Y en ese sentido son mucho más perversos. Es la utilización de la fe para lograr un par de votos, una buena respuesta en una encuesta. Cinco aplausos.

Es decir: estos políticos que argumentan su fe para defenderse son quienes peor tratan a la religión que dicen profesar.

Si no, para qué necesitan hacerlo en un estrado, con micrófono y rodeados de vítores.

Carlos Puig/http://bajacalifornia.milenio.com/

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