Los robles de Hyde Park

Ya estaba ella sentada en el trono de Inglaterra cuando empecé yo a ir a la escuela y creo que seguirá ahí mientras no acabe con ella cualquier enfermedad de la madera. En muchos países modernos hay monumentos más jóvenes que ella, más frágiles y, desde luego, menos admirables. Dicen sus detractores que es alguien con pocos sentimientos, la clase de mujer cuya sonrisa no se sabe si es el reflejo de algún remoto placer o su manera elegante de soportar un dolor de muelas. Desde luego, en la apariencia arrogante de su porte no parece que se haya desmoronado aun el Imperio Británico. Tiene la reina Isabela II de Inglaterra la ambigua expresividad heráldica de alguien que sabe a ciencia cierta que pertenece a un mundo augusto y antiguo en el que lo que importa de las manos no es su calor, sino los modales. Es algo que le viene de cuna y por haber vivido en un ambiente familiar en el que no era extraño encontrarse por la mañana una perla en la escupidera de su padre y una corona entre la loza del desayuno. Acaba de cumplir sesenta años de reinado y no hay síntomas de que piense abdicar. Se mantiene encaramada en un alto índice de popularidad entre los británicos y no parece que nada vaya a moverla del trono si ni siquiera han conseguido que se resienta su entereza los dibujantes del «The Times». Ella es la madre, la abuela o la bisabuela de todos los británicos y ha conseguido que sientan por ella esa mezcla de fascinación, curiosidad y adicción que suelen despertar las leyendas, los narcóticos y los sellos de Correos. Hasta que un día su médico de cabecera encuentre el alabastro de su cuerpo en el lecho palaciego, mire el reloj de leontina y certifique que Su Graciosa Majestad acaba de fallecer víctima de una de esas enfermedades que ahuecan los robles de Hyde Park.

José Luis Alvite/larazon.es

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