Mandela, el pecador que tocó el cielo

La frase es sombría: “Nunca habrá otro Mandela”. Lo dice Nadine Gordimer. Poco —y pocos— podemos refutarle. Madiba agoniza y expectante, el mundo empieza a recordar su legado.

Nelson Mandela aglutina en su ser la esencia del buen humano: paciencia, tolerancia, capacidad para recapacitar, rectificar, perdonar y escuchar a los suyos y a los contrarios, valentía, humildad, buen humor, disciplina, sabiduría y entusiasmo por vivir.

Además de ser, saberse, un “terrenal pecador”: “Estoy seguro de que si voy al cielo me dirán: ‘¿Quién eres tú?’. Yo diré: ‘Bueno, soy Madiba (…) Entonces ellos me dirán: ‘¿Cómo pretendes entrar aquí con todos tus pecados? (…) márchate, por favor, llama a las puertas del infierno. Puede que allí te acepten’”.

Mandela tenía dos caminos ante las injustas políticas racistas de los afrikáners: agachar y obedecer a un sistema sordo que segregaba y humillaba o alzar la cabeza y hablar con voz fuerte.

Y ni se calló ni desvió la mirada y al enfrentarse, el establishment blanco le cobró la osadía: 27 años tras las rejas. Una vida oprimida por una celda de poco más de cinco metros cuadrados.

¿Sed de venganza enmascarada de reclamos de justicia y democracia? ¿Manantial de lamentos y amargura ante tres décadas de parálisis de todo proyecto de vida personal y de nación?

No. Mandela es extraordinario y en donde pudo golpear, extendió la mano. Donde pudo increpar, comprendió. Cerró capítulos dolorosos para no lastimar más y buscar sanar a toda una nación y demostrar que la templanza y la resistencia fortalecen valores y encaminan a los logros.

De vez en vez, la humanidad fecunda seres con una capacidad única para cambiar el curso de la Historia. Para bien o para mal. Mandela lo hizo para nuestro beneficio.

En 2002, Mandela nos recordaba cuál es el sino de nuestro existir: “Lo que cuenta en la vida no es el mero hecho de haber vivido. Son los cambios que hemos provocado en las vidas de los demás lo que determina el significado de la nuestra”.

Pocos lo entienden así. Pocos lo llevan a la práctica. Mandela lo hizo.

Horacio Besson/http://www.milenio.com

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