Riñas fùtiles

NOSOTROS podemos vivir sin los toros bravos. Los toros bravos no pueden vivir sin nosotros. Ni nada de su mundo: dehesas, cultivos, humedales, campos anchos, tradición, forma de entender el valor y la vida y el color y las fiestas… Es decir, nosotros quizá podemos vivir, pero peor, con menos arte y valor y estremecimiento. No son un espectáculo, como no lo es la tragedia griega, sino un rito y un ceremonial (así me lo dijo Irene Papas)… Y tampoco, al parecer, podemos vivir sin pieles más o menos sedosas, sin asesinatos de focas indefensas o recién paridas, sin cacerías cinegéticas y alimenticias, sin granjas escalofriantes, sin mataderos más o menos crueles, sin traslados en carros de concentración y tortura, sin los padecimientos que preceden a facturas anunciadas, sin pescas crueles y agotadoras de tiburones rojos, sin disfrutar poniendo cebos y trampas, sin herir, sin matar… Quizá la vida sea mortal y a la vez asesina. ¿Tiene esto algún arreglo, fácil y estúpido, porque nos dé una medida mayor de la que nos corresponde? Que lo crea quien pueda. Yo he hecho todo lo posible y no lo he conseguido. Desde que, con mi padre y Machaquito, iba a Los Tejares en Córdoba a los seis años. Y eso que amo a los animales quizá más que a los humanos. Sean de donde sean… ¿De veras no hay nada previo que nos avergüence más?.

Antonio Gala

Deja un comentario