Shaolín, Cambados

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No he entendido nunca que para aprender a meditar haya que recluirse con una túnica anaranjada en un monasterio chino, decir aforismos enigmáticos y disculparse con las acelgas antes de comerlas. Don José Ortega y Gasset razonaba muy bien con traje y corbata, Oscar Wilde hacía formidables aforismos casi sin probar el arroz y tía Pepita tranquilizaba a las parturientas con una frase bien poco tibetana pero de una eficacia concluyente: «¡Deja de gritar, maldita sea, y empuja!». Tía Pepita no sabía nada del monasterio de Shaolín, ni creía que hubiese algo más cosmopolita que el cartero. Se había hecho comadrona durante la Guerra Civil en un curso de urgencia en la Facultad de Medicina de Compostela y tenía del sexo la idea aproximada de que era algo un poco hidráulico que funcionaba casi como la bomba del pozo. La acompañé de niño a muchos partos en las aldeas de Cambados y no recuerdo una sola queja de sus pacientes por aquel temperamento tan práctico. Concluida la tarea, tía Pepita se enjuagaba las manos y resoplaba con una mezcla de alivio y satisfacción, como si, además de traer a un niño al mundo, con las mismas herramientas hubiese desatascado un obús. Luego me volvía con ella al pueblo y en la aldea quedaba la madre con su bebé recién nacido, feliz y relajada, la cara limpia y la cama recién mudada, mientras en la cocina alguien prendía un faldero fuego de leña en el que hervía la leche y se adormecía el gato. Nadie hablaba entonces del monasterio de Shaolín. El hambre era laxante y la gente se relajaba en el retrete con las mismas muecas de contenido placer que recordaba haber visto en el rostro de su padre aquella lejana tarde en el campo. Y en el rostro de tía Pepita regurgitaba la señorial serenidad amodorrada de aquel mundo elemental en el que con la pachorra le brotaba al fuego la misma lana que a las ovejas.

José Luis Alvite/larazon.es

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