Una flema en el zapato

alvite

A  veces me siento fuera de lugar, a medio camino entre el tipo tirado que fui y el hombre decente que podría ser. Ni entonces me perdonaron los limpios, ni me perdonan ahora los manchados. Es como si en el camino de mi redención hubiese cambiado de sexo. Me siento como el púgil del que se murmurase que le vieron ponerle vestiditos de novia a sus guantes de boxeo. Me niegan el sol quienes un día me reprocharon la penumbra. Ni siquiera mi organismo sabe muy bien a qué atenerse. Nada más cambiar de actitud, me di cuenta de que la vida ordenada me planteaba remordimientos y me descomponía el vientre. Los guardias de Tráfico me paraban menos cuando me saltaba las señales y la última vez que entré en un garito me sentí tan desplazado como si mi deber en ese instante fuese pedir un culín de leche. Me pelee unas cuentas veces en mi vida sin tiempo para tener un motivo por el que hacerlo y ahora resulta que si volviese a las andadas tendría que empezar la pelea caído en el suelo. Llevaba una vida tan derrotada, y estaba tan perdido, que tardé dos años en llorar la muerte de mi padre. Casi sin darme cuenta, se me hizo tarde para casi todo. En mi segundo matrimonio me levantaba de madrugada al baño por los pasos de mi casa anterior y me encontraba meando en la cocina. Creo que la cagué e hice el cambio demasiado tarde, así que mi conciencia puede que sepa dónde estuvieron mis errores, pero ignora dónde coño esta él cabrón del retrete. El caso es que a veces me paro a reflexionar y cuando estoy a punto de encontrar un buen motivo para haber cambiado, me doy cuenta de que sólo soy un topo con las alas de una libélula, un hombre inacabado, alguien que camina blando e indeciso como si le lastimase una flema en el zapato.

José Luis Alvite/larazon.es

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