Cuestión de sabañones

Nunca creí que las revoluciones fuesen la consecuencia directa del adoctrinamiento ideológico de las masas, ni el resultado evolutivo natural de los grupos sociales espoleados por la Ilustración. He conocido a muchos combatientes políticos que entregaron lo mejor de sus vidas a la lucha contra el franquismo desde un anonimato entusiasta y sufrido que a la larga sólo les condujo a un estoicismo abnegado e inútil que casi nadie les ha agradecido. Con el tiempo comprendieron que el adoctrinamiento y las convicciones morales hacen menos por el entusiasmo revolucionario que el desempleo, el frío o el hambre. El pueblo ruso no unió su suerte a la de los revolucionarios soviéticos porque los míseros campesinos de la Rusia imperial compartiesen su credo o sus sueños, sino porque los niños no dormían por culpa del hambre y en Moscú y en San Petersburgo escaseaba el carbón para las estufas. En mi adolescencia sentí como algo muy íntimo la necesidad de alinearme con los comunistas de la clandestinidad, pero si identifiqué aquella llamada moral no fue porque hubiese leído a Marx o a Engels, sino porque tenía en las manos unos jodidos sabañones que me producían el dolor y la furia que un hombre necesita para cambiar de criterio sin necesidad de razonar. En una ocasión hablé con un misionero comboniano sobre la expansión del catolicismo en África y no le importó reconocer que El Vaticano se equivocaba al presumir que la implantación de la fe católica sería cosa de enfriar con hielo el agua del bautismo y elegir bien las homilías. Yo estuve de acuerdo con aquel tipo en que la idea de Dios es más fácil de implantar si va precedida de ciertos alicientes. Estaba claro que a los africanos antes de proponerles la fe católica sería interesante llenarles el estómago, de modo que parecía obvio que la idea de Dios sería más fácil de asumir si antes el neófito aprendiese a usar el tenedor y el cuchillo. Nada podrían hacer las clases cultas por cambiar con sus ínfulas revolucionarias el curso de la Historia si no contasen con el apoyo ansioso e incendiario de las masas populares escarmentadas por largas privaciones materiales. Al final quienes se la cargan son los simples ciudadanos. De hecho, cada vez que se frustraba una revolución, los intelectuales se refugiaban en el oculista, en el ateneo o en el exilio, mientras que los mártires del gremio de impresores acababan sin remedio en la cárcel. Personalmente reconozco que mi identidad comunista fue breve y simbólica. Auque encontraba atractiva la promesa del reparto de la riqueza, la verdad es que mi entusiasmo revolucionario se diluyó tan pronto como con el calor del verano se esfumaron de mis manos aquellos jodidos sabañones que incluso me habrían impedido aplaudir sin dolor la caída del franquismo.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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