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Acabo de visitar la extraordinaria exposición The Cut-Outs, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, que recoge los trabajos finales de Henri Matisse, cuando cambió el pincel por las tijeras. Debilitado por la enfermedad, no podía seguir pintando o esculpiendo y eso lo llevó a una de las soluciones más creativas en la historia del arte.

«Tenemos de genios lo que conservamos de niños», escribióBaudelaire. Los lienzos de Matisse representan un viaje a las pulsiones y las fantasías infantiles. En sus últimos años, intensificó ese retorno, asignándose tareas de parvulario: armado de tijeras, papeles de colores y pegamento, creó formas de desconcertante belleza. Visité la exposición con el pintor inglés Brian Nissen, que reparte su tiempo entre Nueva York y la Ciudad de México. «Lo más sorprendente es que en ningún momento es un artista decorativo, algo muy difícil cuando se trabaja con tan pocos elementos», comentó.

La enfermedad fue la paradójica musa de Matisse. En 1889, a los 20 años, estuvo en cama por una apendicitis. Para aliviarle el tedio, su madre le regaló una caja de pinturas. «Así descubrí el paraíso», dijo el artista. El inicio y el final de su obra ocurrieron en pijama, el uniforme de los que sueñan. En la madrugada, armado de unas tijeras de jardinero, recortaba maravillas. De ahí surgieron las litografías de Jazz y los diseños para los vitrales y la casulla sacerdotal de la capilla de Vence.

Una sala de la exposición reúne sus desnudos femeninos, en papel azul. Se trata de variantes de una misma pose: una mujer sentada, con una pierna recogida. Las curvas de papel otorgan estremecedora sensualidad a esas figuras, tan decantadas que sugieren el fundamento esencial del cuerpo femenino. Junto a ellas hay unas ondas azules, de inspiración marina. Es un acierto de la museografía que estén en el mismo cuarto. Después de contemplar los desnudos, el mar adquiere fuerza femenina.

Estamos ante la máxima lección del arte respecto a la naturaleza: el océano puede llegar a ser más convulso y sensual que un cuadro deMatisse, pero solo lo sabemos gracias a Matisse.

JUAN VILLORO

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