Todo por la dieta

Un par de años antes de morir, uno de los mejores escritores gastronómicos de la segunda mitad del siglo XX, el español de Barcelona Néstor Luján, nos preguntaba si no creíamos que “la mayor plaga de nuestros días” era “la obsesión por la salud que le ha entrado a todo el mundo” . Por supuesto, nuestra contestación fue afirmativa.
Luján, que definía la salud como “el silencio de los órganos” -decía que uno no se entera de que tiene hígado hasta que éste protesta-, estaba aterrado ante esa obsesión que, según él, hacía que los médicos nos impidiesen comer y beber, amén de otras actividades placenteras no relacionadas con la alimentación. Decía todo esto mientras saboreaba su inevitable whisky escocés de la hora del aperitivo.
Hay que cuidarse, te dicen. Cuidarse… Por supuesto que sí. Ocurre que las cosas van cambiando. Hace años, cuando se sorprendía a un amigo sentado a la mesa y dispuesto a dar buena cuenta de un plato de, pongamos por caso, langosta a la thermidor, no era raro que alguien le comentara: “¡cómo te cuidas” ! Hoy, me temo que el concepto de cuidarse pasa más cerca de la lechuga con una gotita de aceite y una arenita de sal que por la langosta o la perdiz.
Me parece de perlas que la gente se preocupe por su salud. Me parece hasta bien que lo hagan los poderes públicos, que para eso están, entre otras cosas. Pero me preocupa mucho la creciente tendencia de esos poderes públicos de invadir la esfera de lo privado, de meterse en la vida de los ciudadanos, de normalizar, de reglamentar, de prohibir. Y es una de las primeras tentaciones que asaltan, y ante las que sucumbe, quien llega al poder.
Vivimos en una dictadura de la clase médica y de los diseñadores y estilistas. Hay que estar sano a cualquier precio, y además hay que estar guapo, entendiendo por ello estar flaco y joven incluso a los sesenta, sin reparar en medios… que dejarán sus efectos en la salud más tarde o más temprano, pero los dejarán. No hay una dieta de adelgazamiento que sea beneficiosa para alguien más que para el dueño de la clínica en la que se practica.
Todos sabemos que la única comida que no engorda es la que se queda en el plato. Bueno, pues hay gente que paga una pasta para que les digan algo tan perogrullesco.
Pero hablábamos de salud. De la dictadura de la lechuga y el agua embotellada, que son las dos cosas que se llevan la medalla de oro en cualquier competición para designar el alimento y la bebida más aburridos. Dieta de conejo, ciertamente, pero de conejo en cautividad. No lo sé, porque nunca he estado mucho rato a lechuga -no me gusta nada- y agua, que sí me gusta, pero me temo que no va uno bien alimentado.
La gente, quiero decir alguna gente partidaria de la nutrición correctísima -creo que se llaman ortoréxicos, que suena a insulto malayo-, se escandaliza ante quienes saben disfrutar de la comida, de toda la comida, incluyendo, claro está, la carne roja. Yo pienso, con el fallecido profesor Grande Covián, que hay que comer de todo, pero poco.
Prescindir sin motivo de un grupo de nutrientes me parece tan estúpido como el idioma que, porque sí, decide prescindir de tres o cuatro consonantes que antes usaba. La dieta resultante, como el idioma resultante, será más pobre.
En fin, queridos lectores, cuídense; no coman porquerías, tengan una nutrición equilibrada… pero no olviden que la Naturaleza ha hecho que alimentarse -como reproducirse, que son las dos actividades básicas para la supervivencia de la especie- sea una actividad que produce placer. No renuncien a él por el insensato afán de ser los más sanos del cementerio, que es más triste todavía que ser el más rico del camposanto.-

http://www.eluniversal.com.mx/articulos/62377.html

Deja un comentario