Alerta mochi: hay pasteles que matan

Por: Mikel López Iturriaga 

Harakimochi(1)

MATT MATERA

 

Mi año ha empezado con emociones contrapuestas. Unas noticias me empujan a creer en el futuro de la raza humana, como por ejemplo que el bloguero de moda Pelayo Díaz haya tenido que cancelar sus clases magistrales para “digital influencers” ante la inexistencia de 15 cretinos dispuestos a pagar 1.500 euros por ellas. Otras, por el contrario, me llevan a cuestionarlo todo.

Yo creía que los japoneses eran la gente más moderada y sensata del planeta en términos alimentarios, un reducto de delicadeza, contención y omega-3 en un mundo plagado de grasas, azúcares y zafios excesos. Y de repente me los he encontrado como protagonistas de una de las tradiciones gastronómicas más letales del mundo.

Leo en The Guardian que durante estas fiestas nueve personas han muerto y 13 permanecen en hospitales en estado grave en Japón por comer mochis, que no son setas ni peces venenosos ni nada parecido, sino unos pastelitos tradicionales de arroz de aspecto inocente y alma asesina. Se consumen en cantidades industriales en estas fechas y, si no andas con cuidado, puedes atragantarte, ahogarte y morirte con uno pegado en la garganta. Cual ola de calor o epidemia de gripe cualquiera en España, cada año nuevo se llevan por delante su decenita de ancianos.

El diario británico aporta algunos mochidatos escalofriantes: los japoneses consumen un kilo de estos gomosos bizcochos por persona al año, la mayoría de ellos en la primera semana de enero. El 80% de los fallecidos por mochi son personas mayores. Las autoridades recomiendan no tomarlos jamás estando solo, mientras que la industria alimentaria busca una fórmula de mochi menos pegajosa y, por lo tanto, menos peligrosa.

Personalmente, siempre desconfié de un producto que tiene como nombre el apellido de Juan Erasmo, aquel cantante de los setenta que nos regaló Mami Panchita y Los que se van, pero nunca imaginé que pudiera ser un arma letal. Cuando lo probé no me pasó nada más allá de reafirmarme en la idea de que, en cuestión de postres, el abismo cultural que me separa del Lejano Oriente es demasiado grande. Me siento incapaz de disfrutar de esa textura chiclosa, y el arroz nunca llena el hueco grabado en mi memoria por la harina de trigo, los huevos o la leche de la repostería europea. En definitiva, los mochis me parecen un soberano aburrimiento. Lo bueno es que, por una vez, mis prejuicios de hombre occidental tendrán un lado positivo, y me mantendrán inmune a una muerte ridícula.

http://blogs.elpais.com/el-comidista

Deja un comentario