Hoy pienso en tres personas. En Voltaire, que trajo a Occidente un humor nuevo que nos enseñó a pensar sin faja, sin miedo a Dios. En Mahoma, que creó una religión destinada a conquistar la fe de millones de personas. EnMijail Kaláshnikov, quien inventó un arma de destrucción masiva que ha dejado más víctimas que las dos bombas atómicas juntas.

El AK-47 es más peligrosa que el uranio, más mortífera que Fat Boy: su mecánica es tan sencilla que cualquier descerebrado puede hacerse con una y apretar el gatillo donde le venga en gana. Su precio en el Tercer Mundo oscila entre 30 y 125 dólares, es más barata que las obras completas de Voltaire, que un Corán bien encuadernado. Así, el AK-47 es tan popular en los países de guerra como las viñetas humorísticas en los países de paz.

Hoy se han encontrado las tres personas, dejando un reguero de horror en la redacción de la revista francesa Charlie Hebdo. Yo, señores y señoras, he tenido que llorar, no me avergüenza decirlo. Pero me seco las lágrimas antes de que se hayan limpiado la sangre derramada del corazón de París porque es necesario levantar la voz.

No traigo un grito de rabia. Quiero poner suma precisión en la mira telescópica de mi repulsa. La islamofobia es una vía demasiado fácil como para ir hacia ella de forma lineal. Hablar del moro malo es tan impreciso como disparar con una AK-47. Si somos mejores que los fanáticos es porque poseemos la capacidad de discernir, una mira telescópica de precisión.

La islamofobia es una vía demasiado fácil como para ir hacia ella de forma lineal. Hablar del moro malo es tan impreciso como disparar con un AK-47. Si somos mejores que los fanáticos es porque poseemos la capacidad de discernir, una mira telescópica de precisión

El lenguaje de las balas es unidireccional, no admite dobles sentidos, posee la facultad de elevarse acallando a todo lo demás y parece que nos exija responder con la misma brutalidad. Quien piense que el islam es el lenguaje internacional de los fanáticos se equivoca: los fundamentalistas no tienen otra voz que la del AK-47. Ni en sus mezquitas ni en sus comunicados terroristas se sintetiza el verdadero mensaje de su odio. Necesitan un instrumento, como los músicos, para expandir sus ideas. Eligen el AK-47 o el explosivo plástico porque no saben tocar la flauta ni escribir una novela ni dibujar viñetas. Creen que es un lenguaje efectivo, porque cuando suena el Kaláshnikov se extingue la risa y, por momentos, la mirada burlona de la inteligencia se convierte en un rictus de terror.

Bien: despídanse, hijos bastardos de Mahoma, de su triunfo. Nos ha faltado tiempo para secarnos las lágrimas, aquí estamos otra vez, risueños, llorosos, invencibles. Ustedes nunca comprenderán que Occidente es demasiado fuerte. Ustedes, ignorantes, ni siquiera saben que aquí ya hemos pasado por esto, que estamos de vuelta. Somos tan inteligentes, tan racionales, tan ilustrados que sabemos que el enemigo no es el islam, no nos tragamos su patraña. Sabemos que son los musulmanes quienes sufren primero el odio y el miedo con que ustedes sacuden el mundo.

Horas antes del atentado salía publicada mi columna contra la xenofobia antimusulmana en Alemania. “Mal día elegiste para dejar de fumar”, decía un comentarista del periódico. Bien: me niego a comerme mis palabras.

Yo soy rabiosamente occidental, no necesito oponerme, no necesito decir que soy antichino ni antimusulmán ni antiesquimal. Mi sentido de pertenencia me dice poseemos una cultura superior, sí, superior a las demás. ¿Por qué pienso que Occidente es superior? Porque existe la libertad para decir que Occidente es basura, para hacerse musulmán o taoísta, para manifestarse contra una guerra ilegal en Irak o a favor de los derechos de las ballenas. Somos una civilización superior porque tenemos derecho a ponerlo en duda, podemos valorar lo bueno que tienen las otras culturas mientras que los habitantes de muchos países ni siquiera tienen libertad para ver desde arriba la magnitud de la mierda en la que están hozando.

Si los integristas fueran mayoría entre los musulmanes, ya nos hubieran borrado del mapa. Nosotros sabemos que los musulmanes sufren como nosotros, que caen asesinados en un número infinitamente mayor que nosotros y ven cómo sus países se cubren de velos, muros, rejas y silencio. Nosotros sabemos afinar el razonamiento, separar las barbas de los sentimientos religiosos. Lo que ha ocurrido en París nos hace reafirmarnos: nosotros somos mejores que ellos. Pero ¿quiénes son ellos realmente?

Enric González publicó un artículo demoledor hace meses. Hubo quien lo tachó de islamófobo porque hay gente muy corta de miras. El maestro de periodistas decía con crudeza y con claridad que ya no estamos a salvo, que el enemigo está ahí, que son los bárbaros y nos amenazan con total impunidad. González no me pareció islamófobo, sino orgullosamente occidental. Cierto que cierta izquierda cutre todavía no acepta que Occidente ha alcanzado un grado de civilización que, con todas sus carencias, está por encima de la barbarie. Cierto que cierta gente no entiende que la civilización no se expande, sino que está amenazada. Enric González lo advirtió y el golpe a la redacción de Charlie Hebdo lo confirma. No es un atentado contra un grupo de humoristas, es un ataque brutal contra nuestra concepción del mundo.

Son los musulmanes quienes tienen que demostrarnos que repudian a los asesinos, quienes tienen que asestar con toda la energía del buen islam el golpe definitivo que borre a los fundamentalistas, que los excluya, que los asesine si es preciso hasta que no quede en la tierra un solo hombre dispuesto a matarme por decir estoSamir Kassir explicaba en su libro La desgracia de ser árabe cómo el fanatismo ha exterminado todas las tentativas de laicidad y democracia motivadas en el interior de los países islámicos. Cómo han sido exterminados los adalides de movimientos democráticos y laicos en Siria, Irán, Líbano y multitud de países donde hoy reina el terror. El propio Kassir fue asesinado por manifestar sus ideas, exactamente igual que los dibujantes de Charlie Hebdo. Pero tanto él como los humoristas mueren teniendo razón.

Es natural que yo diga todo esto, pero en realidad no me toca a mí. Son los musulmanes quienes tienen que manifestarse hoy, quienes tienen que machacar mañana sin contemplaciones a los fanáticos que viven en sus países, que captan soldados en sus universidades y en sus mezquitas, que disparan y se esconden. Nosotros sólo podemos esforzarnos por perseguir hasta la cárcel a los integristas que se colaron entre millones de inmigrantes que sólo vienen buscando la prosperidad.

Son los musulmanes quienes tienen que demostrarnos que repudian a los asesinos, quienes tienen que asestar con toda la energía del buen islam el golpe definitivo que borre a los fundamentalistas, que los excluya, que los asesine si es preciso hasta que no quede en la tierra un solo hombre dispuesto a matarme por decir esto.

Y espero que los integristas vayan al infierno islamista, porque si a los buenos musulmanes les aguardan cien vírgenes lascivas en el paraíso, a los asesinos les aguardan sin duda alguna las cien suegras.

JUAN SOTO IVARS

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