Kamila perdida en vuelo

Ni la noticia de la inflación del 63% en Venezuela ha causado tanta conmoción como la desaparición de Kamila. En los días de Navidad hubo alarma en el cielo y en la tierra, no porque se secuestrara un avión, sino porque se perdió una perra. Reventaron las redes sociales al saberse que en un vuelo Caracas-Puerto de Ordaz se extravió Kamila, una linda terrier. La dueña, Llamilet Pinto, recurrió al defensor del pueblo. «No estoy en búsqueda de indemnización, busco a Kamila, que es parte de mi vida». Se ha visto a la perra en las pistas del aeropuerto de Maiquetía Simón Bolívar mordiendo a quien intenta agarrarla, desesperadamente, en todos los escondites, a una temperatura de 38º.

Entiendo este escándalo ternurista. A los perros se les quiere contra la gente, bajan la presión arterial, guían a los ciegos, desactivan bombas, hinchan el ego de los cazadores y son los ayudantes de los pastores, ahora rumanos; en la ciudad trabajan de seguratas y como Cipión y Berganza sustituyen a las monjas en el cuidado de los enfermos. «Nos suelen pintar -dice uno de los perros cervantinos- por símbolo de la amistad, y en las sepulturas de alabastro, entre marido y mujer enterrados, ponen entre los dos una figura de perro, como señal de que guardaron en la vida fidelidad inviolable». Por el coloquio sabemos que ya en aquella época los perros se arrojaban a la sepultura de sus amos o esperaban en las tumbas, sin comer, hasta que se les acababa la vida.

Nadie ha mostrado jamás más alegría por mi presencia que Dana, que ni siquiera es mía, sino de mis vecinos. Me cuenta todo con sus preciosos ojos, como si alguien me mirara a través de ellos. Entiendo que haya partidos animalistas, después de siglos condenados al mendrugo y la pedrada. Claro que son tan glotones, mitómanos y egoístas como nosotros. Lo cuenta el Arcipreste de Hita con la parábola del perro alano que llevaba carne en la boca y al pasar el río la vio reflejada en el agua, y al querer cogerla perdió la que llevaba.

Hay que fijarse en los ojos de los perros cuando se va a una perrera. Dijeron que la totalidad de preguntas se encuentra en sus miradas. No son homínidos, pero están más cerca que nadie de los personas. A pesar de eso tienen sus detractores. Los monoteístas los consideran impuros, especialmente los musulmanes, porque un perro mordió al profeta. Hasta los griegos, tan modernos y desvergonzados, creían en la patraña de Cerbero, el can atroz con rabo de serpiente, triple ladrido y 50 cabezas, esperando al otro lado del río para comerse los pasteles con miel que ponían en al ataúd a los difuntos.

Esas supersticiones inquietaron a Georges Bataille que sospechó que hay en cada hombre un animal encerrado en una prisión, y hay una jaula: si la abre el animal se precipita fuera. Es lo que ha hecho Kamila, humanizándose, escapándose por los hangares del aeropuerto de Maiquetía Simón Bolívar y mordiendo a los cazadores de recompensas y a los bomberos que intentan rescatarla.

RAÚL DEL POZO

http://www.elmundo.es/opinion

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