La Marcha

En la farmacia, alguien pide una de Lyrica. Afuera, llueve y ventea con una furia que se lleva los paraguas rotos hacia aquella isla donde el santo navegante Brandán se encontró, en forma de pájaros, con los ángeles neutrales. Veo que la lírica viene en una caja de pastillas. La realidad es hoy un sistema de signos. Todos necesitamos una lírica, una épica, y hasta un paraguas que resista. La crisis de la llamada Cultura de la Transición tiene que ver con el desahucio lírico y épico en una democracia de sociedad limitada, con demasiada gente arrojada a la intemperie. Mucha gente se ha ido con los paraguas rotos. Pero también hay muchos signos que resisten. Es posible que hoy, en Madrid, en la llamada Marcha del Cambio, se reúnan cientos de miles de signos. La capacidad de convocatoria de Podemos, su propia condición de superfluido humano, se explica por ese estado de vergüenza en que vivimos. El joven Marx, el más interesante y el más lírico de los Marx, el que luchaba por la democracia en Alemania, escribió una carta célebre en la que hablaba del sentimiento de “vergüenza” como el principal principio activo para el despertar de una sociedad noqueada. El superfluido se está convirtiendo en algo sólido. Savater ironizaba esta semana sobre el peligro de los politólogos metidos a políticos. Pero se puede decir, con la misma ironía, que es para felicitarse que en España, por una vez, una tesis universitaria se confirme en la práctica. Hay quien habla de una revolución democrática. Lo que es obvio es que necesitamos una resurrección democrática. Sería un error de Iglesias confundir el cambio con la conquista del poder. Como es un desastre de sus adversarios convertir la política española en un nuevo videojuego bipartito: a favor o en contra de Podemos.

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