La sacrosanta libertad de ofender

El atentado de París —calificado de “monstruosamente imbécil” por el filósofo Edgar Morin, en las páginas del cotidiano Le Monde— ha desatado acaloradas discusiones sobre los alcances de la libertad de prensa: alguna gente, si bien condena a regañadientes la barbarie, añade un “sí, pero” que bien pudiera compararse, cuando ha ocurrido la violación de una mujer, a la artera imputación de que llevaba minifalda. En este caso, los caricaturistas de Charlie Hebdo se hubieran expuesto ellos mismos a ser asesinados por su desenvuelta querencia a burlarse de una religión. A sus críticos no les parece aberrante, aparte de aterrador, el mero hecho de que el dibujo de una alegre viñeta le pueda causar la muerte a su autor siendo, además, de que no es obligatoria la compra de la revista donde aparecen las ilustraciones.

Al musulmán piadoso, afincado en un país democrático y tolerante, no debiera siquiera importarle que aparezca por ahí una publicación cuyas páginas jamás habrá de hojear. ¿Por qué, entonces, matar a quienes la editan? Pues, muy simple: porque no todos los musulmanes son creyentes tranquilos sino que muchos de ellos se han convertido en fundamentalistas que tratan de imponer, a sangre y fuego, su creencias; son gente que, interpretando a la letra sus textos sagrados, desconoce brutal y abusivamente los derechos de los demás; y lo más espeluznante del asunto es que a una burla, a una simple caricatura pintada a lápiz, no responden con palabras, o con otros denuestos, sino que llegan y te descerrajan un tiro en la cabeza. No me gustó lo que publicaste sobre mis creencias: te mato.

Pero, justamente, ¿por qué se burlan de una religión, los caricaturistas? ¿Por qué no respetan a los demás? ¿Por qué ofenden? Estas preguntas parecieran sustentar el principal argumento de quienes atribuyen a los redactores de Charlie Hebdo, por mínima que sea, la responsabilidad de su propia muerte. Y, de paso, marca una infranqueable línea divisoria entre las personas, como yo, que defendemos el derecho a ofender al prójimo y aquellas otras que, muy comprensiblemente, quisieran que el mundo fuera lo que no es, a saber, un espacio poblado de buenos sentimientos y de reverente respeto a las (otras) religiones. Entramos aquí a un terreno muy espinoso: el tema de la religión es mucho más delicado que el de las ideologías políticas aunque encontremos la intolerancia de los fanatismos en uno y otro campo. De entrada, se da por entendido que las creencias religiosas son merecedoras de una cuidadosa observancia por parte de todos los individuos. En esta ecuación, sin embargo, no entrarían los excesos, los razonamientos aberrantes, las fábulas y las invenciones, por no hablar de la estremecedora violencia que han promovido la gran mayoría de las religiones en este planeta: en el mejor de los casos, Galileo se tuvo que retractar de sus afirmaciones científicas y, en el peor, miles y miles de seres humanos fueron quemados vivos, descuartizados, torturados y ejecutados por la Santa Inquisición. No veo, en todo esto, nada que pueda ser respetable. Y, miren ustedes, hoy día la Iglesia Católica ya no mata pero los islamistas (que, hay que aclararlo para la gente que no conoce el significado de las palabras, no son todos los musulmanes sino los fanáticos integristas), pretextando que a Alá o que al profeta Mahoma les preocupa grandemente que se publiquen caricaturas —o que las mujeres no se cubran de pies a cabeza o que vayan a la escuela o, a su vez, que los hombres no vivan enteramente entregados a la adoración divina—, perpetran atroces asesinatos y masacres no sólo en París sino, sobre todo, en unos países musulmanes donde la inmensa mayoría de las víctimas, incluidos esos cientos de niños que fueron vilmente asesinados hace poco en Pakistán, son los propios habitantes. Y, por si a alguien le parece que estas barbaridades resultan meramente del enloquecido extremismo de algunos individuos, permítanme ustedes resaltar el caso de Raef Badawi, quien acaba de ser condenado a diez años de cárcel y a que le den mil latigazos (en público), en Arabia Saudí, por “insultar el islam”. Estamos hablando, aquí, de la manera en que un Estado administra la justicia. En Irán, mientras tanto, Youcef Nardakhani fue condenado a la horca por apostasía, es decir, por haberse convertido al cristianismo.

Pues bien, más allá de estar absolutamente horrorizados, ¿no nos podemos burlar de estos toscos bárbaros, no podemos hacer jubiloso escarnio de su perniciosa imbecilidad, no nos podemos refugiar en el humor libertario —y liberador— para reforzar la identidad que nos hemos forjado en el proceso civilizatorio? ¿No podemos, precisamente porque vivimos en países donde hay plena libertad de expresión, pitorrearnos de esos rústicos de la derecha religiosa estadounidense que pretenden suprimir, en las escuelas públicas, la enseñanza de la Teoría de la Evolución y sustituirla por la historia que cuenta el Antiguo Testamento? ¿Debemos autocensurarnos, quienes no portamos un arma sino un simple bolígrafo, para aparecer como los dóciles adeptos de esa bobalicona concordia que nos quieren imponer los apóstoles de la corrección política —o esa mansedumbre de receta que promueve la gente que se pretende “espiritual”— en vez de ser tan irreverentes como provocadores, tan majaderos como desconsiderados, tan furiosos como blasfemos y tan sacrílegos como groseros siendo, por si fuera poco, que tenemos enfrente a una horda de asesinos? Yo creo que no.

ROMÁN REVUELTAS RETES

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