Masacrar al pobre

Aleccionado por los ensayos norteamericanos que relacionan el éxito a la persistencia y la infatigable tenacidad, hago ejercicios diarios de perseverancia al ver que no sale fácilmente el tapón de una botella o no logro desatascar un cajón o no consigo hallar el programa idóneo que ha desaparecido del ordenador. Estos ejercicios en los se pone tanta fe, insistencia y optimismo, vienen a ser como una escuela, a pequeña escala, de lo que profesional o amorosamente se anhela y todavía no nos ha salido bien. De hecho un saber común de hace siglos empujaba a no desmayar en los cortejos porque el no de ella sólo cambiaría en sí tras haberla asediado con el mayor calor, ternura y diligencia. Igualmente, en los estudios de ingreso a las Escuelas Técnicas o a las diferentes oposiciones del Estado, se reclamaba mucha tenacidad y un ánimo en el estudio siempre dispuesto a reemprender la conquista empollona del objetivo.

La idea, en fin, de que todo se logra si se desea fieramente y si se empeñan todas las superfuerzas es la misma que Nike recuerda en su lema: “nada es imposible”. Todo sería posible mediante el trabajo duro, junto a la voluntad y la humildad consecuentes. Humildad para no sentirse demediado por los primeros fracasos. Voluntad repetida, incesante y firme, para lograr que la resistencia llegue a rendirse aunque fuera tan sólo por librarse de una tabarra insoportable.

Los calvinistas parecen seguros de que “trabajar mucho y duro” es el camino directo hacia el amor de Dios y el  amor que el Creador nos procure -al aceptarnos de los suyos- será como un resplandor. El primer destello procede del buen quehacer individual  pero en cuanto se consiga, por los propios medios, abrir el tapón, a recompensa no será ya a base de raciones sino a granel. El reino de los cielos, una vez desatrancada la puerta, se derramará sobre nosotros y de este modo los pasos siguientes sería iguales a discurrir por una senda florida y plagada de luz. De hecho a los triunfadores calvinistas, experimentan este proceso en sus carreras, sean musicales, periodísticas, novelísticas o financieras, como el cumplimiento de un cuento sagrado sin fantasía ni  exageración.

 Destaponada la botella no hacen más que aparecer fragancias de un elixir cuyas vaharadas, en ocasiones, son tan intensas y precoces que (como sucede con no pocos iconos) no hay más remedio que suicidarse para quedar en paz. El elixir es veneno. El triunfo es una carroza desbocada. La ascensión es un alpinismo de una superlativa gravedad. ¿Triunfar? Precisamente en Estados Unidos triunfar es una norma cívica y religiosa elemental. Los loser, los perdedores, no son tan sólo desgraciados sino malditos ante los ojos de Dios. De ahí que poco a poco, haciéndose el mundo un planeta americano, no hay perjuicio para quemar a los vagabundos y desarrapados, apalear a las mujeres indigentes o viejas que en su miseria arrastran todo lo que poseen en un carrito de supermercado o, si llega el caso -que llega- acercarse a disparar sobre un “maldito” negro cuya negritud sería ya la incontestable prueba de no haber sido bañado por la claridad de Dios. 

Vicente Verdù

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Pintura de: Agustina Piacentini

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