Pan con lápiz

Las familias ya no son lo que eran. Tampoco es el mismo el apego al lugar en el que uno haya nacido, ni pueden los muchachos de ahora pensar en que se jubilarán en la misma empresa en la que se hayan estrenado como trabajadores. No es nada nuevo lo que se nos avecina. Ni tiene por qué ser terrible. Se trata de adaptarse y comprender que ni un padre lo es para siempre, ni cada pueblo será, como hasta ahora, una manera distinta de cocer el pan, un lugar en el que los perros le ladran a su aliento. Estamos en un tiempo nuevo, abocados a una soledad esteparia que hasta ahora creíamos que era cosa de esas películas americanas en las que un hombre raras veces se detiene en un sitio tanto tiempo que pueda eructar en el mismo lugar en el que le haya sentado mal el almuerzo. Cada día nuestras vidas se parecerán más a las de los personajes de esos cuadros de Edward Hopper en los que incluso parece que el tipo solitario del bar esté en guardia de madrugada, escalfado en la luz del local, al garete en la zozobra de una soledad metálica, con la nuca estampada en la mirada, temeroso de que en caso de encontrarse mal alguien se atreva a echarle una mano. Llegaremos tarde a eso, pero estamos en el camino y será inexorable. Y cuando cuajen los momentos de incertidumbre y de angustia saldremos adelante, aunque para entonces ya no seamos los mismos y la sociedad haya cambiado como ni siquiera imaginábamos hace sólo unos pocos años, cuando un hombre estaba seguro de que a su muerte sería enterrado en el lugar al que recuerda haber ido caminando la última tarde que fue niño en aquella escuelita en la que muchos aprendimos que la vida era aquello tan sencillo que valía la pena escribir a lápiz en el pan de la merienda.

José Luis Alvite/larazon.es

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