Ruinas sin semáforos

Un muchacho con el que tengo mucha confianza me preguntó hace unos días si me gustaría que el mundo se enzarzase en un gran conflicto bélico. Me conoce y sabe que me gustan las situaciones confusas, los países cambiantes, la gente fronteriza que se pasa la vida sin saber cuál será definitivamente su bandera. A ese muchacho le gusta que le hable de la II Guerra Mundial y de aquellos líderes entusiastas y abrigados que tomaban sus decisiones en circunstancias extremas pero sin perder jamás la compostura. Sabe que mi idea de la paz es que se trata de algo que sólo sirve para ensombrecer esos sublimes momentos de guerra en los que los hombres dan lo mejor de sí mismos. También conoce mi predilección por la figura del general George Patton, aquel tipo duro y al mismo tiempo sensible, áspero pero emotivo, que luchaba por vencer a los alemanes y liberar a Europa del nazismo, y sin embargo temía conseguir su objetivo porque sabía que la paz dividiría el continente y echaría a perder cada una de las conquistas obtenidas con tanto dolor. Suelo decirle a ese muchacho que así como la paz genera suculentos negocios, la guerra produce  frases inolvidables. Y formidables emociones. Nací cuatro años después de finalizada la II Guerra Mundial pero Europa estaba en plena reconstrucción y se sabía que en muchos países como consecuencia de los devastadores efectos del conflicto la gente había descubierto el inefable sabor de morder los besos y el placer indescriptible de comer con hambre. En la estepa rusa hubo tantos millones de víctimas, ¡Dios Santo!, que casi hubo que traer tierras de otros países para dar sepultura a los muertos. Le conté al muchacho que en los raids aéreos sobre Alemania los pilotos de la RAF pasaban tanto tiempo en el aire que a veces ni recordaban siquiera cómo era el suelo. «Pero un día se acabó la guerra, amigo mío –le dije– y todos aquellos soldados se encontraron con que tendrían que colgar sus uniformes y hacer frente a los estragos que les iba a causar la paz». También le dije que para aquellos jóvenes la lucha se había convertido en una manera de ser y que a partir del armisticio los valores por los que habían luchado les cederían su sitio a los intereses materiales a los que se verían obligados a servir. Puede que en cualquier momento surja otro conflicto que asole el mundo, pero ya nada será como entonces, como cuando en la II Guerra Mundial a punto de anochecer el general Patton se adelantaba a sus soldados llevando en la mano la fusta de montar, se sentaba sobre los restos humeantes de un jeep y seguramente pensaba que la paz sólo iba a servir para que los políticos echasen a perder las maravillosas ruinas de Europa. ¿Por qué será que el ser humano se siente más libre cada vez que la artillería estropea los semáforos?

Jose Luis Alvite/larazondigital

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