Trigal con mulas

He desconfiado siempre de las personas que anteponen las conquistas materiales a los principios éticos y consideran los de la ciencia valores superiores a los de la simple emoción. Tengo pocas dudas al respecto y creo que la felicidad no consiste necesariamente en la eficacia de construir una silla, sino en el placer de sentarse en ella, igual que al contemplar un campo de trigo considero que la productividad de los jornaleros carece de la fuerza conmovedora que tuvo Vincent Van Gogh al transcribir con sus pinceles los paisajes a la afueras de Arles. Jamás he sido más feliz al convertir un esfuerzo en dinero, que al transfórmalo en una simple emoción. Toda mi vida he creído que su precio no hace al heno más importante que su aroma. ¿Por qué nos empeñamos en convertirlo todo en dinero? ¿Acaso nos hace menos felices el álgebra que la imaginación? ¿Despreciamos la belleza de las mulas sólo porque ya no las necesitamos para arrastrar el arado? Yo reivindico la contemplación estéril y el valor emocional de lo inútil, el imperio del Arte sobre la ferretería, la percepción de un mundo de sensaciones en el que los artistas tengan más que decir que los gerentes, un orden distinto que nos devuelva el placer de las cosas sin precio, como cuando yo era sólo un muchacho desconfiado de la ciencia que ponía en hora el reloj suizo ajustándolo a granel a las campanadas de la iglesia. No éramos un país de ciudadanos productivos, es cierto, pero vivíamos sin presión y sin angustia, como habían vivido siempre nuestros abuelos, aquellos señores instintivos y carnales que trabajaban lo necesario para sentir de inmediato el placer del descanso, lo justo para sentarse luego en la puerta de casa y esperar a que la vida ocurriese lenta y sin dinero, conscientes de que casi todo lo que le espera a un hombre ya está contado en el periódico de ayer.

José Luis Alvite/larazon.es

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