El canto del mirlo

Empieza a clarear y el bosque se llena de luces, de sonidos. Canta un mirlo, y de su garganta sale una miniatura musical.

Encaramado en diferentes posiciones, la silueta negra del mirlo se recorta contra el cielo pálido del amanecer. Oímos su voz. Y gracias al sonograma, también la vemos: una caligrafía a tinta en la que podemos leer las sílabas, las modulaciones, las inflexiones, los quiebros, los entresijos de su canto. En algunos momentos unas líneas paralelas dibujan una estructura armónica, lo que, en términos acústicos y musicales, indican que la voz del mirlo, como la de los buenos cantantes, busca la afinación.

Y vemos también cómo al final de cada frase, con modestia, el mirlo cierra con un pequeño adorno, unas notas sutiles y deslavazadas que contrastan con la rotundidad del comienzo.

No son las únicas, pero con las voces de los mirlos las atmósferas de bosques y arboledas suenan ya, definitivamente, a buen tiempo. 

Carlos de Hita

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