Los Rolling de Fidel

Los Rolling Stones, abuelos de sí mismos, son el broche del viaje a Cuba de Obama, el partido de vuelta de un régimen que nunca ha jugado fuera. Los Rolling son la más perfecta tecnología del espectáculo. Los Castro, también. Es justo reconocerlo. El régimen no ha fallado en 50 años. Es decir, resulta un ancho desastre porque en el mantenimiento de su cuento parecen imbatibles. Hace siglos que los Castro son un cuerpo flotando en la madrugada. Nada ha funcionado, pese a que la suya fue la mejor de las Revoluciones del siglo XX. ‘Después de tanto todo para nada’, advirtió José Hierro.

El régimen de La Habana quedó muy pronto reducido a una fórmula tercermundista para que dure el dictador. Porque la intención de todo revolucionario se apoya en construir una estructura para mantenerse él mismo. Así uno tras otro, aunque el tinglado de Fidel se fue limitando desde muy pronto a una economía pobre de turismo y puterío al por mayor. Y es que los sueños mal estirados no dan de comer y el perverso embargo impuesto por EEUU aún menos. Cuba es hoy el ‘reino’ de la posteridad, como los Rolling en lo suyo.

No sé en qué acabará este idilio de desconfianzas entre los Castro y la Casa Blanca. Se lo pregunto a mi compadre Raúl Rivero, que es un cubanazo hondo y bueno al que humillaron por valiente y aún se ríe con todo el pecho, pero nunca llegamos a conclusiones porque entre los dos nos descuidamos hablando en broma de gente seria: de Lezama Lima, de Gastón Baquero, de Nicolás Guillén, de Virgilio Piñera o deReinaldo Arenas, que con Alejo Carpentier son mucha más Cuba de la que se ve.

El castrismo es un engaño hiperestésico. Hace varias décadas que dejó de tener sentido. A esta hora es como la leñera ideológica de un socialismo que es museo de cenizas. A Cuba no se le abre aún el horizonte del malecón, por mucho que los Rolling ofrezcan gratis sus pingaletas. A la España de Franco vinieron los Beatles como si la cosa fuese a cambiar y el pollo aún duró otros 30 años y unos cuantos muertos. Ojo al dato.

ANTONIO LUCAS

http://www.elmundo.es/opinion

Deja un comentario