Desde el año 1901, la Academia Sueca otorga anualmente un premio Nobel a personas que llevaron a cabo el mayor beneficio a la humanidad o contribución notable a la sociedad durante el año anterior. Los premios se instituyeron en honor a Alfred Nobel, inventor de la dinamita, quien en su testamento dejó escrito que la totalidad de su fortuna se repartiría en premios para el campo de la física, la química, la medicina, la paz y la literatura. En esta última, y a pesar de que inevitablemente muchos grandes escritores se han quedado fuera (como Tolstoy, Virginia Woolf, Joyce, Joseph Cornrad, W. H. Auden y Borges), se ha reconocido a grandísimos hombres de letras a lo largo del tiempo, y el diploma ha servido para arrojar luz hacia su obra, dándola a conocer a una vasta extensión del mundo.

Como parte crucial de la ceremonia están los discursos de aceptación que son, en gran medida, una oportunidad para que los laureados expresen su posición ante la literatura, la vida o las dos cosas, que en este caso son lo mismo. Los siguientes son algunos de los más memorables:

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En 1950, el filósofo Bertrand Russell recibió el Nobel por sus “escrituras variadas y significativas en las que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento”. Con su envidiable temple y afable voz, esto fue lo que dijo. En 1954 fue el turno de Hemingway, a quien le fue otorgado el premio por su “maestría en el arte de la narrativa, más recientemente demostrada en El viejo y el mar y por la influencia que ha ejercido en el estilo contemporáneo”. El viejo no pudo asistir a la ceremonia por razones de salud, pero esto fue lo que grabó acerca de la escritura, enfatizando la inminente soledad por la que atraviesa un buen escritor. El Nobel de 2010 fue para el peruano-español Mario Vargas Llosa, quién, como buen cuentacuentos, relató su historia como escritor desde que a los 5 años aprendió a leer hasta el momento en que le informaron que había ganado el Nobel por su “cartografía de estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”.

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Pero años antes, en 1949, cuando William Faulkner recibió su premio, el mundo presenció un discurso que a la fecha resuena como un gran proverbio no sólo para la literatura sino para la vida misma. Las palabras del autor parecen dirigirse a la manera en que hemos llevando la existencia, sin mucho que perder, sin mucho que ganar.

Nuestra tragedia hoy es un miedo universal y general que se ha sostenido tanto tiempo que casi podemos soportarlo. Ya no hay cuestiones del espíritu. […] Ya no escriben del amor sino de la lujuria, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanza y, lo peor de todo, sin conmiseración y compasión. Sus aflicciones no se afligen en un hueso universal, no dejan ninguna cicatriz. [El escritor] debe enseñarse a sí mismo que lo más bajo de todas las cosas es tener miedo, y, enseñándose eso, olvidarlo para siempre, no dejando lugar en su taller para nada más que las viejas verdades del corazón, las viejas verdades universales sin las cuales cualquier historia es efímera y está condenada: amor y honor y compasión y sacrificio.

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