¿Debemos prohibir la Biblia?

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En 2001, Carlos Abascal, secretario del Trabajo, declaró que estaba indignado porque en la escuela de su hija habían dejado leer a las alumnas Aura, de Carlos Fuentes. Aquella era una lectura indecente, sentenció ¿Qué estaba enseñándosele a la juventud mexicana? A la pregunta de qué debían leer entonces las estudiantes, fue categórico: “la Biblia”.

La respuesta desveló su titánica ignorancia. Si de veras hubiera leído la Biblia, habría estado al tanto de que las hijas de Lot emborracharon a su propio padre para tener relaciones sexuales con él; de que el rey David mandó al frente de la batalla a uno de sus generales para poder acostarse con su esposa y de que Dios daba a sus fieles órdenes perentorias como casarse con una prostituta (Oseas) o venirse fuera del cuerpo de su mujer (Onán). Escenas como éstas harían palidecer las de Aura.

Pero, más allá del aspecto cómico, Abascal pareció anticiparse a una corriente que, por escandaloso que parezca, ha resurgido en el siglo XXI: cuando a una persona no le gusta un texto exige que éste sea retirado del mercado y hasta prohibido. Gobernantes y jueces, temiendo incurrir en alguna violación a los derechos humanos o —peor aún— en una incorrección política, se apresuran a obsequiar la solicitud.

En 2006, por ejemplo, el historiador británico David Irving negó la existencia de las cámaras de gas en Auschwitz, lo que le valió una condena de tres años de prisión en Austria. Siento una feroz animadversión por los nazis y por los horrores que cometieron, pero ¿se justifica esta reacción en uno de los países más desarrollados del mundo? “Tendrías que haber vivido el Holocausto para comprenderlo”, me espetó un amigo judío.

Fue la misma línea que habían sostenido algunas activistas cuando, poco después, intentaron proscribir Lolita y, más tarde, se opusieron a la circulación de Memoria de mis putas tristes, dado que los protagonistas de las novelas de Nabokov y de García Márquez tienen relaciones sexuales con una menor de edad: “Hay que ser una niña abusada para opinar”.

En 2016, un estudioso de literatura afroamericana me dijo casi lo mismo cuando, en algunas escuelas de Estados Unidos, prohibieron la lectura de Huckeleberry Finn y de Matar a un ruiseñor, dado que un adolescente se alteró por haber hallado la palabra nigger en sus páginas.

Con estas susceptibilidades y estos criterios, habría que prohibir la Iliada, que enaltece la guerra; la Divina comedia, que promueve la tortura; Don Quijote, que justifica el maltrato a los animales; Werther, que hace apología del suicidio; Crimen y castigo, que alienta el homicidio y Ana Karenina, que incita al adulterio.

Recientemente, el reguetonero Maluma grabó un video donde declara que tiene cuatro mujeres, dos de las cuales son casadas y una de ellas “tiene la funda y me paga pa’ que se lo hunda”. Las feministas han puesto el grito en el cielo. Han recabado ya miles de firmas para que el video sea suspendido: “El machismo es intolerable”, se quejan.

También habría que prohibir, en este caso, la lectura de la Biblia. ¿Con qué cara denostamos al reguetonero por tener cuatro mujeres, cuando el rey Salomón (Carlos Abascal nunca se enteró) tenía 700 esposas y 200 concubinas? La corrección política es la antesala de la censura…

GERARDO LAVEAGA.

http://www.excelsior.com.mx/opinion

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