El insoportable Walt Disney

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Da miedo pensarlo sí, pero quizá no haya artista más influyente en nuestra triste época que Walt Disney. Él mismo era consciente de su fama: “Soy un líder, soy un pionero, soy el más grande de los hombres de nuestro tiempo. He creado un universo. Mi fama sobrevivirá a los siglos”. Y añadió, adelantándose a los Beatles: “Más gente conoce mi nombre que el de Jesucristo”.

Cuando hablo de influencia, me refiero a influencia directa sobre la psique de la masa y, en concreto, de la masa infantil, que es la más influenciable de todas. Desde antes de la II Guerra Mundial, casi es inimaginable pensar en un niño, en occidente o en oriente, sometido al imperio audiovisual y cuyo imaginario no se halle repleto de patos parlanchines, perros idiotas, ratones superdotados y demás fauna mitológica en dos dimensiones. Puede parecer exagerado, pero los tópicos que animan el subsuelo de las películas de Disney forman los cimientos ideológicos de la ideología dominante, la misma que ha disfrazado la esclavitud, la injusticia y la opresión bajo un estandarte de libertad suprema.

Ahí está, sin ir más lejos, el sistema patriarcal de Disney, esas dóciles muchachitas cuya felicidad depende de la protección de un macho; esas mujeres supeditadas a la función de madre o de esposa y cuya mejor encarnación es la bella durmiente esperando pacientemente el beso de un príncipe que la saque de la desidia de su propia vida. No menos terrorífica es su división maniquea entre buenos y malos, donde los primeros suelen ser guapos, altos y rubios, y los segundos feos y jorobados; las excepciones, como los siete enanitos, siguen a rajatabla las enseñanzas de la eugeneseia nacionalsocialista: si tienen que vivir, mejor que sean asexuados.

 

Hablar de nazismo en relación al tío Walt no es mear fuera del tiesto: hace mucho que salieron a la luz sus tempranas simpatías hacia organizaciones fascistas. De su fobia al comunismo dan fe sus denuncias de colegas izquierdistas y su estrecha colaboración con el malévolo cerebro del FBI, Edgar Hoover, que culminaron en su vergonzosa delación ante el Comité de Actividades Antiamericanas durante la Caza de Brujas. En El americano perfecto (la novela de Peter Stephan que esconde en su interior una biografía atroz igual que el maletero de un coche esconde una bomba) emerge el lado oscuro de Disney: un jefe racista y machista que no permitía que en sus estudios trabajaran mujeres, negros ni judíos, un empresario tiránico que abusaba de sus empleados, se aprovechaba sin el menor escrúpulo del talento de sus mejores dibujantes y odiaba a los sindicalistas. Hoy se sabe que el primer boceto de Mickey Mouse ni siquiera lo esbozó él y que ni siquiera su firma era suya.

En un fragmento no muy conocido de su enorme y proteica obra, Walter Benjamin reflexiona sobre Mickey Mouse y, entre otras brillantes intuiciones, advierte: “Todas las películas de Mickey Mouse se basan en el tema de irse de casa para descubrir qué es el miedo. Por tanto, la explicación del enorme éxito de estas películas no se debe a la técnica, a la forma; tampoco se trata de un equívoco. Se da simplemente por el hecho de que el público reconoce ahí su propia vida”. Más adelante había sido todavía más explícito: “Mickey Mouse demuestra que una criatura puede sobrevivir aunque esté privada del aspecto humano. Destruye la jerarquía completa de las criaturas que, se supone, culmina en la humanidad”.

De todas las farsas y mentiras con que está construida la leyenda de Walt Disney la más persistente es la que asegura que está criogenizado, a la espera de una resurrección. En realidad, aunque está enterrado en el cementerio de Forest Lawn, en Glendale, California, es el único cineasta que sigue haciendo películas después de muerto.

DAVID TORRES

http://blogs.publico.es/davidtorres

 

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