Los diez mejores discos internacionales de 2016

King Creosote da la campanada con su «Astronaut Meets Appleman» y obtiene el primer puesto en la encuesta realizada entre los críticos y melómanos de ABC. Se impone, nada menos, que a los desaparecidos gigantes Leonard Cohen y David Bowie

King Creosote oteando sus dominios
King Creosote oteando sus dominios 

 

El cantautor escocés King Creosote da la campanada con su «Astronaut Meets Appleman» y obtiene el primer puesto en la encuesta realizada entre los críticos y melómanos de ABC para elegir los mejores discos internacionales de 2016. Se impone, nada menos, que a los desaparecidos gigantes Leonard Cohen y David Bowie, que en este año de impactantes adioses (también cayó Prince) se despidieron con sendos discos de categoría.

10. Agnes Obel: Citizen of glass

Las canciones de Agnes Obel tienen una delicadeza tan extrema que parece que van a estallar en pedazos en cualquier golpe de ciclogénesis invernal. Pero el armazón de este ramillete de temas está cuidadosamente construido. Esta danesa establecida en Berlín coge el título de su tercer disco del concepto «Gläsener bürger» que aborda la falta de privacidad de los individuos en la actualidad: todos somos «ciudadanos de cristal» y cualquiera está expuesto a la mirada escrutadora del resto, Tinder, Twitter o «meggins» mediante. Entre pianos, cuerdas y fantasmales susurros, Obel va desmigando versos frágiles que erigen canciones poderosísimas. Como una Enya más intensa y opresiva, la danesa deja a su paso una belleza intrigante con temas como la fascinante «Familiar» o la primorosa «Stone» («could I be»). / JAVIER TAHIRI

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9. Angel Olsen: My Woman

El cuarto disco de la «songwriter» de Missouri retruena a reto y a grito (y susurros) de autoafirmación desde cada uno de sus surcos. «Te desafío a entender lo que me convierte en mujer», espeta en «Woman», una monumental epopeya íntima. Y sumergirse en esa búsqueda se convierte en una intensa experiencia de arqueología emocional repleta de hallazgos sonoros y líricos. Estancadas en dos partes bien diferenciadas (de la electricidad descarada a la nocturnidad descarnada), sus nuevas canciones son campos magnéticos sembrados de minas que ganan cuerpo sin perder alma y cada vez son más ricas en matices. Un recital de personalidad (múltiple), un «aquí estoy yo» en toda regla para sacar varios cuerpos al nutrido pelotón femenino del folk rock americano. / FERNANDO PÉREZ

8. Charles Bradley – «Changes»

La cara más arrugada del cante jondo negro no cambia con este nuevo «Changes» y nos vuelve a poner a bailar, emocionados, a pesar de sus pesares terrenales. El que fuera imitador profesional de James Brown durante varias décadas logra uno de los clímax del disco en el estribillo del tema homónimo, en el que su desgarrada voz veraz nos lleva, impulsada imparable por una trompeta, a berrear junto a él: «I’m goooing throuugh chaanges in my life… Oh, baby». / JAVIER VILLUENDAS

7. Steve Gunn: «Eyes On The Lines»

Su anterior trabajo en solitario, «Way Out Weather», fue incluido por algunas publicaciones especializadas entre lo mejor de 2014. Un año después, con el disco grabado junto a Kurt Vile («Parallelogram»), su nombre se acercó a ese agujero llamado «indie» que todo lo engulle. Pero es ahora, con «Eyes On The Lines», cuando Steve Gunn da el espaldarazo a una carrera de más de 15 años a la sombra de la primera división, fichando por Matador y recogiendo los elogios de medio mundo. Un logro que tiene su mérito con estas nueve últimas canciones, tan virtuosas e inaccesibles como bellas, que beben tanto de John Fahey y Jack Rose, como de las grandes estrellas de los festivales de verano. «Ancient Jules», «Full Moon Tide», «Ark», «Heavy Sails»… cortes perfectos para descubrir a este músico de Brooklyn al que los medios no han prestado la merecida atención hasta ahora, y que cuenta con destellos de genio como «Park Bech Smile». Es lo que podría esperarse de un guitarrista que, en su adolescencia, los dos primeros discos que se compró fueron uno de los Stooges y «A Love Supreme» de John Coltrane. Imagine. / ISRAEL VIANA

6. Drive-By Truckers – «American Band»

El título, en este caso, es profético: he aquí una banda americana despachando rock de primera y, al mismo tiempo, dibujando el retrato más fiero de la América contemporánea. Así, mientras las guitarras despachan hachazos de distorsión y electrocutan el rock sureño con admirable dedicación, Patterson Hood va levantando alfombras para hablar de inmigración, tiroteos, racismo, violencia policial y (des) control armamentístico y cartografía, una a una, todas las grandes taras del Sueño Americano. Un manual actualizado de canción protesta en el que Neil Young y Bruce Springsteen chocan y se retuercen hasta convertirse en un amasijo de hierros humeantes y candentes. / DAVID MORÁN

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5. Michael Kiwanuka – «Love & Hate»

En su segundo trabajo, el británico reinterpreta un universo soul en la línea de Bobby Womack y Bill Withers con honestidad: amor y dolor fluyen sin perder su identidad, entrelazándose con densas texturas en las que guitarras con distorsión «vintage» se superponen a arreglos orquestales, un omnipresente reverb y coros que, en algunos momentos, recuerdan incluso a Morricone. Es en «Black Man in a White World» donde más brilla el talento de Kiwanuka: manos desnudas, palmas, para acompañar una desgarrada melodía que nos remitiría a los campos de algodón del delta del Misisipi en el siglo XIX si no tuviéramos el ejemplo tan reciente de Algiers, con su magnífico disco homónimo que conocimos el año pasado. Curiosamente, el sonido de las cadenas y los gritos de protesta guardan hoy, casi doscientos años después, muchas similitudes con aquellos que inspiraron la música en la que germinó el blues. / LUIS MANUEL ONTOSO

4. Radiohead – «A Moon Shaped Pool»

La aparición en sí de este disco fue una obra maestra: pequeñas pistas aisladas, un goteo de sonidos e imágenes que daban lugar a conjeturas que iban formando hipótesis para, al final, materializarse todo ello en un disco que creó tras de sí una expectación superlativa. Por suerte, el resultado estuvo a la altura. Solo hay tres temas realmente inéditos, pero la amalgama funciona. «A Moon Shaped Pool» es además uno de sus discos más «accesibles» (entre comillas, claro), sin perder esa atmósfera inquietante y opresiva ni la magia que desprende cada trabajo de la banda de Thom Yorke. El comienzo, «Burn the Witch», es portentoso. / PABLO MARTÍNEZ PITA

3. David Bowie – «Blackstar»

David Bowie envolvió su despedida terrenal de un halo de sublimación debido a este «Blackstar», que legó al mundo tres días antes de largarse de él. Exuberante en detalles, se trata de una inacabable combinación de jazz, pop oscuro y rock experimental que ya desde el enigmático arpegio inicial, cuando entra en escena con su marciana voz, el creador de «Space oddity» parece hablarnos desde el más allá. Si Carlos Floriano se quejaba de que al PP le faltaba piel, o sea cercanía y calidez, con este «Blackstar» el estadista extremeño se tiraría de su pelazo ondulado debido a su frialdad y distancia, cierta lejanía sideral, como extraterrestre. Y también por la piel, sí, pero reptiliana, la de «Starman» a la batuta «waiting in the sky». Cuando supimos del deceso del artista, inmediatamente pensamos en el tenebroso nombre del álbum y nos cuadró un plan maestro del maestro para despedirse como Él manda. Sin embargo, Bowie planeaba grabar otro disco más antes de marcharse. La mística de la obra no se empequeñece. / JAVIER VILLUENDAS

2. Leonard Cohen – «You want it darker»

«Creo no que no seré capaz de acabar algunas canciones», reflexionaba Leonard Cohen en una entrevista para «The New Yorker», en octubre. El cantautor canadiense sabía que se le acababa el tiempo y, 17 días antes de morir, publicaba «You Want It Darker», el testamento sonoro más bello de las últimas décadas. «Estoy listo, mi Señor», canta con un tono grave y profundo, acompañado del coro de la Sinagoga Shaar Hashomayim, en la canción que abre y da nombre a un álbum lleno de poemas que huelen a despedida: «Si eres tú quien reparte las cartas, déjame salir del juego». La voz de Cohen suena más estremecedora y abismal que nunca en estos nueve temas llenos de nostalgia, violines y algún instrumento griego como el bouzouki («Traveling Light»); paz espiritual y guitarras quejumbrosas («Leaving the Table»), o hermosas declaraciones de amor entre órganos de iglesia («If I Didn’t Have Your Love»). Puede usted descansar en paz, señor Cohen. / ISRAEL VIANA

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1. King Creosote – «Astronaut Meets Appleman»

Al echar la vista atrás, 2016 aparece como un año repleto de noticias aciagas y dramáticos acontecimientos como la salida de Reino Unido de la UE, la victoria de Donald Trump o la separación de Alba Carrillo y Feliciano López. En medio de este estremecedor paisaje, «Astronaut meets Appleman» invita a refugiarse más allá de la estratosfera en canciones reconfortantes que hunden sus raíces en la fría e idílica Escocia, perfecta patria del pop. Kenny Anderson, el cantautor bajo la escafandra de King Creosote, es sin ir más lejos hermano de Gordon, fundador de Beta Band y líder de The Aliens. Con un buen puñado de discos a sus espaldas pese a su escasa fama, el discreto monarca de Fife prosigue el enfoque que comenzó en su anterior «From Scotland with love» (2014) y logra tejer una mágica fusión entre irresistibles melodías pop que se derraman sobre añejos arreglos de su tierra.

La alquimia depara un disco delicioso, de artesanía pop y emoción, en el que hay espacio para la épica con ecos de Swans en«You just want» o himnos de pop incontestables como «Wake up to this» o «Love Life». En esta cantata de arpas, violines y acordeones, las gaitas dan un paso al frente en la atmosférica «Melin Wynt» o en la pegadiza «Surface», que parece empezar bebiendo de Arcade Fire para acabar por echarse al coleto un buen whisky de las Highlands. Pero al final es la personalísima voz (y acento) del trovador Creosote la que se impone, como muestran la delicadas «Rules of engagement» y «Faux call», sentidas pruebas de la valía folk del escocés en las que se confiesa: «Es el silencio que de alguna manera dice todo, lo que me falta, lo que añoro. Soy mejor en la canción que en el papel». / JAVIER TAHIRI

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