De como Milcíades Gómez escribió una gran historia

Milcíades Gómez era escritor y andaba en busca de una gran historia. Sabía, porque era un experto en su oficio que lo fundamental es encontrar objetos que sirvan para sostener la capacidad narrativa del relato. Objetos simples y cotidianos, como una silla, de madera, con respaldo desnudo, y si está herida en una pata mejor. Si además es la única en la habitación, a partir de ese momento pasa a ser una silla solitaria. También sabía que con un sólo objeto no alcanza. Los binomios construyen las grandes historias. Milcíades Gómez necesitaba entonces otro objeto, una cuerda, una soga o porqué no, un cable, uno ni muy corto ni muy largo. Eso sí que estuviera dispuesto con un nudo en forma de lazo. O sea, Gómez requería de una silla solitaria y herida, en medio de una habitación en penumbras y, colgando desde una viga del techo una soga, cuerda o cable. 
No le fue difícil encontrar el binomio símbólico sobre el que construiría, tal vez el mejor relato jamás escrito. Una vez que dispuso a los objetos en la escena, y para que su relato fuera verosímil, Milcíades tomó lápiz y papel, se subió a la silla, tambaleante, se puso la soga al cuello, y antes de empujar la silla con la punta del pie escribió aquel genial relato que unas horas más tarde gordos policías leerían alrededor de su cadáver.
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