No sólo Facebook

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Yuval Noah Harari explica en Homo Deus, publicado en España en otoño pasado, que un estudio encargado por Facebook y llevado a cabo con 86.220 voluntarios, revela que el algoritmo de esta red social predecía sus opiniones y deseos mejor que ellos. El trabajo concluía así: “La gente podría abandonar sus propios juicios psicológicos y fiarse de los ordenadores en la toma de decisiones importantes en la vida, como elegir actividades, carreras o incluso parejas”. Y aportaba un dato aún más inquietante: en las próximas elecciones presidenciales (el estudio se realizó hace un año), Facebook podría conocer no sólo las opiniones públicas de decenas de millones de estadounidenses, sino también quiénes de ellos son los votantes trascendentales que cambiarán su voto y en qué sentido. Escribe Harari: “Facebook podría decirnos que en Oklahoma la carrera entre republicanos y demócratas es particularmente reñida e identificar a 32.417 votantes que todavía no hayan decidido a quién votar y determinar qué es lo que cada candidato necesita decir para inclinar la balanza (…); en el siglo XXI, los datos personales son el recurso más valioso que la mayoría de los humanos aún pueden ofrecer y los estamos cediendo a los gigantes tecnológicos a cambio de servicios de correo electrónico o divertidos vídeos de gatitos”. Facebook es la gran red social con 1.700 millones de seguidores. La mitad de los estadounidenses lo consideran su medio de comunicación. Y Trump ha ganado porque supo utilizar las redes sociales mejor –y con menos escrúpulos– que su rival. Facebook está redefiniendo la democracia. O quizás adulterándola. En cualquier caso, resulta enternecedor que Trump se levante a las seis de la mañana para leer The New York Times, The Washington Post o el New York Post. Es la prueba de que sabe la capacidad de prescripción de la prensa, que ha perdido lectores, pero sigue manteniendo el pulso con el poder, su verdadero sentido.

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