Árboles

A diferencia de los tiburones blancos, los árboles no poseen la capacidad de defenderse cuando se les ataca. Sus posibles armas de ataque, por ejemplo, las espinas, son estáticas. Esta inmovilidad y su gran tamaño hacen que los árboles no se puedan ocultar en ningún caso. Son, por tanto, las criaturas más indefensas que existen en la creación en relación con el hombre, que los ha situado por debajo del nivel de la sensibilidad, convirtiéndolos así en los seres más fácilmente atacables y destruibles. Su principal defensa evolutiva, al igual que sucede con muchos animales sociales, con las aves y los peces, se encuentra en lo incalculable de su número, es decir, en su capacidad de reproducción (y, en este sentido, para los árboles la longevidad juega también un papel muy importante). Tal vez sea esta faceta pasiva y paciente tan característica de su sistema de autoconservación lo que ha hecho que el hombre, sobreponiéndose a sus antiguos miedos relacionados con las criaturas que pudiera albergar en su seno y con los aspectos sobrenaturales del bosque, los pueda llegar a perdonar y hasta ver en su silenciosas profundidades algo protector, maternal e incluso uterino.

(John Fowles, El árbol, Impedimenta, 2015. Traducción de Pilar Adón).
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