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Iba por la calle contando personas y me asombró la cantidad de gente extraña que hay en el mundo

Multitud de personas transitando por la calle Preciados de Madrid.
Multitud de personas transitando por la calle Preciados de Madrid. ULY MARTÍN

 

Iba por la calle, contando las personas con las que me cruzaba, y me asombró la cantidad de gente extraña que hay en el mundo, cada una a lo suyo, todas iguales y todas diferentes. Una, dos, tres cuatro. Llegué a quinientas y lo dejé. Hombres, mujeres, niños…, a ninguno conocía y ninguno me conocía a mí. Pensé en lo que llevaban en los bolsillos: unas monedas, unos pañuelos de papel, las llaves de casa, la cartera con la documentación, las tarjetas de crédito… Luego calculé lo que llevaban en la cabeza: preocupaciones. El hijo que no encuentra trabajo, el padre amenazado por una desregulación, el abuelo con Alzheimer… Me dio la impresión de pasear entre gente preocupada, incluso angustiada. De súbito, empecé a ver el miedo en sus rostros con la facilidad con la que se descubre la menesterosidad en el calzado.

Para aliviar el desasosiego, volví a contar. Quinientas una, quinientas dos, quinientas tres… En esto pasé por delante de un escaparate donde apareció mi reflejo y lo conté también, quinientas cuatro… Solo un poco después advertí que aquel al que había tomado por otro era yo. Era yo y llevaba el pánico dibujado en la mirada. Me detuve, respirando de forma irregular, y volví sobre mis pasos para observarme otra vez como a un extraño. Pero en esta ocasión me reconocí y disimulé el miedo. Logré verme como un tipo normal que va por la calle con las llaves de casa en el bolsillo.

Continué mi camino sin dejar de contar, y en esto me tropecé con un conocido que hizo como que no me veía. Decidí no contarlo. Cuando llegué a casa, llevaba contadas mil cuatrocientas cincuenta y cuatro personas, un número idiota, así que di aún un par de vueltas para llegar a las mil quinientas, no fuera a suceder una desgracia.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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