El tamaño sí importa

Resultado de imagen para la madre de todas las bombas

Este fin de semana ha tenido lugar una escalada de ingenios explosivos en que las grandes potencias se han puesto a dirimir cuál de ellas la tiene más gorda. La bomba, se entiende. Mientras en otros sitios se celebraba la Semana Santa, con sus crucifixiones y sus resurrecciones, en Estados Unidos, en Rusia y en Corea del Norte han preferido emprender una competición de torrijas. De hecho, el escaparatismo bélico de estos últimos días no difiere esencialmente de esos concursos de gula doméstica donde en cada casa intentan que cada torrija sea la última. Hay recetas de la abuela apenas menos complejas que la fisión nuclear y con resultados más devastadores.

Empezó Estados Unidos, cómo no, con el anuncio del lanzamiento de una megabomba, el GBU-43 MOAB, “la madre de todas las bombas”, como se refirieron a ella sus padrinos sin el menor problema en plagiar la retórica de Sadam Hussein. Entre las numerosas virtudes del artefacto está la de su capacidad de destrucción: un radio de impacto de 1.600 metros dentro del cual absolutamente todo quedaría devastado. Sin embargo, cuando se supo que la habían tirado para reventar un complejo de túneles en Afganistán y liquidar a 36 insurgentes del Estado Islámico, la expresión “matar moscas a cañonazos” adquirió nuevos y excitantes significados. Prácticamente, cualquier terrorista del ISIS puede hacer más daño a poco que le dejen cerca un camión o una furgoneta con las llaves puestas, y no digamos si el conductor ha tomado clases en la misma autoescuela que Carromero.

Putin no tardó en sentirse aludido y recordó a los estadounidenses que, si ellos tienen a la madre, ellos guardan en el arsenal ruso al padre de todas las bombas, el AVBPM o “bomba de vacío por potencia aumentada”, un proyectil termobárico algo más ligero que su pariente occidental pero con cuádruple ración de calorías. Entonces Kim Jong-un terció en el certamen de machos alfalfa con una exhibición de potencia nuclear que culminó en un gatillazo espectacular. Alarmado por tanta ostentación falocrática, Ramón Espinar contraatacó desde su cuenta de instagram con las fotos de un congreso de almejas y zamburiñas que parecía Vistalegre III: de inmediato fue rebatido desde la derecha con una sorprendente y dudosa ampliación del concepto “mariscada”.

Una de las pocas cosas buenas de la irrupción de Trump en la escena internacional cual elefante en la cacharrería es el abandono de esa retórica compasiva que envolvía en mensajes de buena voluntad el exterminio de la población civil en Irak, en Libia y en donde haga falta. En una entrevista en la Fox, el mandamás norteamericano explicó que estaba con el presidente chino comiéndose un pastel de chocolate cuando los 59 misiles Tomahawk salían disparados hacia Irak. Dijo Irak en vez de Siria porque para él en ese momento el chocolate le importaba mucho más que los niños muertos por el ataque químico. Con Trump la guerra fría ha vuelto a ponerse caliente, igual que cuando los chavales de mi barrio se ponían a ver quién meaba más lejos: nunca faltaba alguno que se empeñaba en lanzar el chorro hacia arriba y al final nos salpicaba a todos.

DAVID TORRES

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